Caspolinos con efeméride en este año 2021 que se nos va (y II)

ÓBITOS NOTABLES.

         Hace 100 años: Florencio Repollés Bielsa, organista, pianista, tenor, compositor y docente.

Florencio Repollés Bielsa, sobre 1905

            Apenas contaba 48 años cuando falleció en Caspe de forma inesperada, el 21.07.1921. Maestro de capilla de la colegiata de la ciudad bajoaragonesa, dirigió su coro y orquesta sacra desde la temprana edad de los 18 años, declinando tentadoras ofertas profesionales, como una plaza de cantor en la capilla de la Seo o la de músico encargado del órgano del Pilar de Zaragoza. Vocacional de la enseñanza, su cuaderno de alumnos sobrepasó las doscientas fichas y alguno de sus discípulos logró notoriedad al convertirse en habitual en los escenarios del Teatro Real de Madrid o en el Liceo de Barcelona. Además de música sacra, escribió zarzuelas infantiles, bandas sonoras para obras teatrales, fantasías en torno a óperas célebres, serenatas, valses… y firmó partituras de formas y géneros musicales muy diversos: chotis, danzas americanas, habaneras, mazurcas y polcas. Católico reflexivo, fuente de concordia, fue persona culta con bien nutrida biblioteca. Tengo para mí que nuestro artista –mi bisabuelo– era una persona sosegada y, a la par, de ardorosa actividad y espíritu inquieto.

            Hace 500 años: Martín García Puyazuelo, que nació pobre y pastor, y murió obispo y encumbrado.

            Su óbito tuvo lugar el 07.03.1521 en Caspe, donde había nacido. Fue extremadamente longevo para el siglo XVI, ocho décadas vividas sin desperdicio: estudiante en Bolonia, ciudad tan culta como plagada de intrigas; canónigo de la Seo zaragozana, donde amortajó al asesinado Pedro Arbués; inquisidor del Reino de Aragón, es decir, que nadie le tosía; predicador de cabecera de Fernando el Católico (y amigo de su hijo, el arzobispo Alonso); confesor de la reina Isabel, por lo que conocería secretos de estado. Mecenas artístico, escritor, y enviado en misiones diplomáticas al vaticano, atesoró una excelente biblioteca. En Caspe se le tuvo por santo y sobre él se redactaron hagiografías, no exentas de episodios legendarios. Aprendió a leer casi por ciencia infusa y, cuando quizá no contaba ni diez años dejó el rebaño al cuidado de la providencia (ni una oveja se extravió) mientras él marchó andando a Zaragoza, donde fue admitido como infantico en la Seo y, de ahí, disparado al éxito, comenzó a almacenar el currículum. Murió en su casa caspense, rezando de rodillas y con apariencia tan natural que, en un primer momento, se le creyó dormido. Su mausoleo, un monumento que decoró una capilla de la parroquial, fue destruido en la última guerra civil.

Retrato del obispo Martín García

         Y NO SOLO GENTES ILUSTRES.

         Los caspolinos que anteceden dejaron huella y, sin duda, forman parte del parnaso de los ilustres. Pero Caspe también es lo que es gracias a los afanes cotidianos que acariciaron en sus vidas paisanos que fueron queridos, aunque el paso del tiempo les va colocando en el estante de lo transparente. En su honor, y para representar a cientos de anónimos que se han esforzado por el bien común, van unos ejemplos:

            Hace dos siglos, en 1821, el capuchino fray Lamberto de Caspe falleció -junto a otros voluntarios- en la lucha sanitaria sin cuartel que le motivó a viajar hasta Mequinenza para ayudar a los enfermos de una epidemia de fiebre amarilla. Hace cien años, el 22.01.1921, dejó este mundo Felipe Campos García, a quien debemos la plantación de docenas de cipreses en el cementerio, algunos de los cuales todavía lo adornan. Hace medio siglo, el 04.04.1971, Caspe despedía emocionado a su practicante, Hilario Ráfales Navarro, al que llegó a los 81 años el punto final.

Alberto Serrano Dolader

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Caspolinos con efeméride en este año 2021 que se nos va (I)

En el año que ahora cerramos, Caspe ha sabido recuperar la memoria de uno de sus hijos ilustres. Mucho se ha hablado y escrito de Florencio Repollés Bielsa en el centenario de su fallecimiento. En julio se le recordó en un acto institucional de homenaje promovido por el CECBAC y el Ayuntamiento, que incluyó un concierto en el que se recuperaron algunas de sus composiciones, al tiempo que se descubría la placa que da su nombre al callizo de la calle Rosario que linda con la que siempre fue su casa familiar y academia. Los Amigos del Órgano acertaron con una memorable sesión en la parroquial y, en Zaragoza, de la mano de los músicos de la Diputación Provincial, sonaron sus partituras en escenarios de postín. Ahora, se ultima un libro y se trabaja en el rescate de una de sus zarzuelas.

            No han corrido la misma merecida suerte efemérides referidas a otros convecinos de pasadas épocas, que también hubiese sido acertado rememorar. No es bueno que pasen desapercibidos los aniversarios señalados de personajes que dejaron huella entre nosotros, difundirlos es solo excusa para conocer mejor a quienes nos precedieron y contribuyeron a perfilar lo que somos. Subrayar el recuerdo es cohesionarnos como colectivo. En ese afán, para que 2021 no sea año de olvido, me parece oportuno esbozar rasgos biográficos de algunos caspolinos cuya fecha de nacimiento o muerte ha «redondeado» el año que se nos va. Seguro que habrá más, pero nadie puede discutir que los que aquí siguen merecen glosa.

         NATALICIOS SEÑALADOS.

         Hace 100 años: José Altabella Hernández, erudito historiador del periodismo español.

El alcalde Besteiro presenta a Altabella en una conferencia en Caspe. Año 1982

            Hijo del comandante de puesto del cuartel de la Guardia Civil, José nació en Caspe el 07.03.1921 y entre nosotros permaneció hasta que, en 1926, la familia se trasladó a Vitoria como paso previo a asentarse en Madrid, donde se afincaron en septiembre de 1927 y donde nuestro Altabella vivirá hasta su muerte, acontecida el 28.12.1995. Tras titularse en magisterio, se ganó la vida como redactor de acreditadas cabeceras, pero, como escribió su amigo el actor Fernando Fernán Gómez, «amaba tanto el oficio de periodista que, poco a poco, fue dejando de ejercerlo para estudiarlo». Doctor en Ciencias de la Información por la Complutense, fue el primer profesor titular, por oposición, de la asignatura Historia del Periodismo Español. Además de docenas de libros sobre su especialidad (el primero «Corresponsales de Guerra», 1945) firmó ensayos de éxito, por ejemplo «La Lotería Nacional de España», en torno a la que el autor me subrayó que, a pesar de ser editada en 1962, «no contiene ni una sola referencia a Franco, cosa difícil y significativa». Antologista de Larra (1970), Mesonero Romanos (1971) y Cavia (1971), se reencontró con Caspe en enero de 1982 gracias a que el alcalde, José Besteiro, y el presidente del Grupo Cultural, Miguel Caballú, le invitaron a pronunciar una conferencia para presentar una historia de la prensa local de la que el aquí firmante fue juvenil coautor.


            Hace 100 años: José Suñé Comech, escultor que trabajó en la restauración de Versalles.

            En la Fireta Alta nació el 20.07.1921 y pronto se despertó su vocación artística: «En la escuela, de crío, todo el dinero que cogía me lo guardaba para lápices», me contó en una entrevista en buena medida inédita. Aprendió los rudimentos del oficio en 1942, en el taller caspolino de Paltor. En Zaragoza trabajó por su cuenta en esculturas y alabastros hasta que, en 1954, recibió el encargo de crear un retablo para la parroquial de Algemesí (Valencia). Tras una estancia laboral en Portugal (dejó obras en Oporto), su etapa francesa se inició en 1956, como restaurador de antigüedades antes de emplearse en el mismo menester en el palacio de Versalles, donde pasó una década. Regresó a Caspe en 1973, y aquí diversificará su actividad: como docente en academias de pueblos de la comarca, preparando exposiciones y elaborando variopintos trabajos artísticos, algunos muy notorios, como la escultura en piedra de Juan Fernández de Heredia (1997), cuyo proceso de elaboración mereció un reportaje en TVE. Los críticos reconocen que sus manos alcanzaron una «soltura y madurez que solo el tesón puede otorgar». Suñé falleció el 23.07.2006.

José Suñé esculìendo en su taller. Año 1997

            Hace 300 años: Emmanuel Vicente Turull Portolés, clérigo y músico.

            Vino al mundo en Morella (Castellón), en 1721, hijo de Francisco Turull, prestigioso constructor de órganos barrocos que aún suenan en los templos de Aragón y Valencia. Emmanuel Vicente profesó fraile agustino y llegó a ser subprior en el convento de Caspe, donde desempeñó el menester de organero. Un reto para los investigadores melómanos es bucear en los archivos de la orden religiosa en busca de posibles composiciones de su autoría.

Alberto Serrano Dolader

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El fútbol en Chiprana

Estos días en los que tenemos presentes a nuestros mayores, tanto a los que ya no están como a los que cuidamos como nuestro mayor tesoro, son buenos para recordar esas historias que en su momento nos explicaban una y otra vez, en plan batallita de “abuelete”, pero que constituyen no sólo parte de nuestra historia personal o familiar, sino también de la historia colectiva.

Así que aprovechando la memoria intacta de mi padre, Antonio Barriendos Muniente, el “macán pequeño”, ya cerca de cumplir los 90 años, así como de los recuerdos de mi prima Conchita y su hijo Camilo, hija y nieto, respectivamente, de Pedro Barriendos Muniente, fallecido un día como hoy hace 8 años, rindamos un tributo al primer equipo de fútbol que se formó en Chiprana.

Corría el año 1944 cuando el médico de la localidad, don Feliciano, muy apreciado por la población, organizó partidos de futbol para incentivar el deporte entre los vecinos. A ellos se apuntaron rápidamente los dos “macanes” pequeños: Antonio, de 14 años, y Pedro, de 18. Estos partidos se convirtieron en todo un espectáculo para los chipranescos, pues se organizaban coincidiendo con las fiestas importantes de la localidad y a los que acudía todo el pueblo. En el primer encuentro, dada la precariedad e improvisación del partido, algunos llegaron a jugar en calzoncillos y con el calzado que pudieron encontrar.  

El campo de futbol, ubicado en la zona denominada la Sarda, yendo hacia el puente,  tenía dos peligros: que la pelota saliera despedida hacia el rio, o que, sin querer (o eso queremos pensar), algún jugador chutara alguna de las innumerables piedras que jalonaba el terreno de juego. Hacía las funciones de árbitro el médico de la localidad.  No había red, sólo dos palos verticales para señalar la portería, y el balón era el usual de la época, el denominado balón de tiento. Tenía de 12 a 18 gajos largos de cuero; en dos de ellos se formaba la boca, por donde se introducía la cámara, que tenía adosada un pico o tubo por el cual se inflaba. Alrededor de la boca llevaba un refuerzo de cuero y una lengüeta del mismo material. Ese reborde restaba esfericidad y ocasionaba con el tiempo lesiones a los jugadores. Más de uno salió con una buena “gusanera”. A ello se debe que en las fotografías aparezcan con pañuelos “reliados” en la cabeza, a modo de protección.

Fotos extraídas del libro «Chiprana. La vida de un pueblo en los recuerdos de la infancia», de Juan J. Chamizo (2006)

En esas primeras alineaciones, los “macanes” estaban acompañados por, entre otros, dos “brunos” (Pedro y José), Ceferino Cebrián, Pedro Barrriendos (exalcalde), Clemente Barriendos (el jotero), Antonio Berges  (el carrasco), dos “chanas” (Pedro, que hacía de portero, y Marcelino). Formaba también equipo “el calandrino” (barbero del pueblo). Mi padre Antonio jugaba de extremo derecha y su hermano Pedro de central medio.

Poco a poco fueron mejorando el equipo y llegaron a jugar con unas camisetas negras con un ciprés bordado. Las primeras botas de futbol que entraron en Chiprana las compró de segunda mano mi tío Pedro  en los Encantes de Barcelona. Mi padre también llegó a jugar con botas.

Hicieron varias salidas futboleras a las localidades de Caspe, Fabara, Maella y Nonaspe. Todos esos partidos eran organizados por el cura de Chiprana, Don Ceferino, natural de Fabara, y usaban para desplazarse la furgoneta del famoso “zampabollos”.

Eran otros tiempos, ni mejores ni peores. Eran los suyos. Y con esa ilusión los vivieron y los recuerdan, como todos recordamos nuestra juventud. Mi padre aún sonríe cuando recuerda esos partidos, quien era el que más faltas hacia, o cal tió “Moreno”, que cada vez que había partido decía que se iba a la Sarga a ver el “zumbal”.

Por ellos, por nuestros mayores, por sus historias, por sus ilusiones y ansias de dejarnos un mundo mejor: Aúpa Chiprana, los chipranescos y, con el permiso de sus gentes, “los macanes”.

Barcelona 28 de Abril de 2020

Pilar Barriendos Clavero

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Maria Jesús Hernández: «El Gran Maestre no ha tenido el reconocimiento que se merece»

Conferencia el próximo Sábado, a las 19 h, en el Castillo del Compromiso

¿Quién es María Jesús Hernández?

Soy nacida en Zaragoza y una apasionada de la historia y de los libros. Y aunque no he podido dedicarme a la historia profesionalmente, al menos he pasado mi vida entre libros, al haber trabajado durante 35 años en una librería.

¿Cómo empezaste en el mundo de la investigación?

Hace diez años comencé una investigación a título personal sobre Tosos, pueblo natal de mi padre. Siempre me había llamado la atención que a pesar de tener un marquesado detrás de más de trescientos años, apenas se había escrito nada sobre su historia.

Así descubrí el mundo de los archivos, una fuente inmensa de riqueza patrimonial de la que queda mucho por explorar. En mis inicios tuve la suerte de contar con la ayuda y los consejos de Pilar Faci Lacasta (fallecida en 2011), que me enseñó a ser paciente con la lectura de los documentos y “a mantener la piel pegada a la silla, y a esperar que el documento me hablase”.

María Jesús Hernández

¿Así descubriste la figura del Gran Maestre?

No. Más bien fue todo lo contrario. Basándome en las escasas referencias que había encontrado sobre la historia de la localidad, creía que era él quien había ostentado el señorío de Tosos en el siglo XIV; sin embargo, descubrí que los señores de este lugar habían sido los descendientes de Blasco Fernández de Heredia, Justicia de Aragón y hermano del Gran Maestre.

¿A qué te condujeron estas investigaciones?

Tras indagar durante cuatro años por numerosos archivos, dilucidé las dos ramas de los Fernández de Heredia, y en ese momento sí que profundicé en la figura del Gran Maestre, por ser el fundador de esta Casa. También plasmé sobre el papel la genealogía de los Ulzurrun de Asanza, marqueses de Tosos, un linaje insólito hasta ese momento.

Al final, mis investigaciones acabaron en tres trabajos publicados por la Institución Fernando el Católico. Dos en la colección Cuadernos de Aragón: El linaje de los Ulzurrun de Asanza (2015) y Señorío y marquesado de Tosos (2016); y El condado de Fuentes (Siglos XVI-XXI) en Emblemata (2017), pp.95-127.

¿En la actualidad estás trabajando en algún nuevo proyecto?

Tengo dos empezados, vinculados con la historia y la genealogía, y además uno de ellos relacionado con Caspe. Cuando investigaba la historia de Tosos, en un momento determinado del siglo XVIII su historia se entrecruza con la de Caspe… De momento este trabajo lo tengo paralizado, porque todavía me quedan cosas por averiguar. Actualmente estoy realizando un diccionario sobre la Jota, que es otra de mis aficiones.

El Gran Maestre, representado en uno de sus libros

¿De qué nos vas hablar el sábado en Caspe?

La conferencia se va a dividir en dos partes. En la primera hablaré de quién fue Juan Fernández de Heredia y a qué se dedicó. En la segunda conoceremos a sus padres, hermanos, nietos y demás familia.

¿Consideras que su figura está suficientemente valorada?

Creo que no. Particularmente en el campo de la historia, no ha tenido el reconocimiento que se merece. No hay que olvidar que fue uno de los hombres más poderosos del siglo XIV, y sin embargo no ha tenido un lugar en los manuales de Historia. Aunque es justo reconocer que en el campo de la Filología su obra ha sido estudiada no solo por la Universidad de Zaragoza, sino que también se han interesado por ella universidades europeas y americanas. Además, hay que recordar que en el año 2009 la DGA creó el premio Juan Fernández de Heredia, para la investigación del aragonés como lengua hablada.

¿Cómo surge la iniciativa de esta conferencia?

Tras venir a Caspe en el mes de junio para disfrutar de la recreación de la Firma del Compromiso, mi amigo Paco Camañes me presentó a Alfredo Grañena, y desde entonces no hemos dejado de hablar de historia. Alfredo fue quien me propuso dar una conferencia sobre el Gran Maestre y  escribir un artículo para vuestra revista La Bailía, y a ambas cosas acepté encantada.

¿Qué esperas de esta actividad?

Partiendo de la base de que venir a hablar a Caspe del Gran Maestre es un reto, por ser una figura sobradamente conocida en esta ciudad, espero que la charla sea del interés de los asistentes y que les aporte algún dato desconocido.

¿Qué podría hacerse para difundir su legado?

Que las instituciones mirasen hacia Caspe y os imitasen ya sería un primer paso, ya que aquí ponéis todos los medios a vuestro alcance para mantener viva su historia.

Para promocionar su figura podemos lanzar la idea de hacer la ruta de Juan Fernández de Heredia por Aragón, visitando su lugar de nacimiento, las encomiendas y prioratos donde estuvo y todos los demás lugares con los que se le identifica. Podría ser didáctico y divertido.

¿Sabes algo sobre los restos de su mausoleo?

No, salvo que Cacho Blecua en su libro sobre El gran maestre Juan Fernández de Heredia publicado en 1996 ya apuntaba que “según parece se han localizado algunos restos”. Pero a día de hoy seguimos sin ninguna noticia.

También existe la hipótesis de que el sepulcro pudo ser destruido por anarco-comunistas, relacionados con la revolución anarquista y comunista de Asturias en 1934, en venganza porque la represión la llevó a cabo el general Jorge Fernández de Heredia.

Con estas credenciales, lo único que podemos añadir es que esta conferencia promete ser de un gran interés. Seguro que visita guida y conferencia incrementan nuestra querencia hacia la labor de Juan Fernández de Heredia.

Modesto

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Requiem íntimo por ALBIAC. Una empresa ejemplar.

Conocí “Albiac” en 1941. Era Enero, hacía mucho frío y Caspe estaba conmocionado por la funesta guerra que para algunos ya había terminado. La empresa familiar Albiac estaba radicada en la Bajada de la Estación, hoy Primo de Rivera (Padre) desde 1921. Miguel Albiac y Josefa Ráfales habían venido de Nonaspe a establecerse con una fabriquita de gaseosas y distribución de bebidas. Por la proximidad de la estación de ferrocarril y sobre todo por el carácter acogedor y generoso de la familia Albiac aquello parecía el consulado de Nonaspe en la capital comarcal, cuando las comarcas eran naturales y sostenibles. Mi familia entendió pronto que lo suyo era repartir felicidad en tiempos difíciles y alegrar la vida refrescando los tórridos veranos o los eventos sociales. Pocas fiestas, acontecimientos sociales, pruebas deportivas, o reuniones más o menos protocolarias se quedaban al margen de la participación de Albiac. En este ambiente crecí yo, amamantado con orange y después reconfortado con cerveza fresca.  Los Albiac con hijas y yernos llevaron durante cincuenta años un negocio muy participativo y comprometido con el pueblo. Ya en los setenta llegué yo, como nieto, con la lección casi aprendida:  Los clientes son lo más importante, no estires más el brazo que la manga, jamás engañes, haz cuantos favores puedas, el trabajo ennoblece y gratifica. Ojalá hubiese aprendido más y mi fidelidad a los principios familiares hubiese sido mayor.

Miguel Albiac y Josefa Ráfales, fundadores de la empresa

Ya con dos socios vinculados desde niños con la empresa, Alberto y Manuel, acometimos los ochenta y los noventa creciendo y siendo útiles a nuestros clientes y a nuestros pueblos  penetrando en el tercer milenio con la misma ilusión que nos animó siempre. Tristemente Alberto, pilar fuerte en la estructura de empresa familiar, falleció y con el fallecimos todos un poco. Los últimos años, yo jubilado y apartado de la empresa por edad,  han estado llenos de dificultades del mercado, de racanería de proveedores, y problemas de gestión y sobre todo de competencia y  empeoramiento de la parrilla de clientes tradicionales, serios y formales. Han sido difíciles a pesar de haber incorporado juventud en la dirección.

Mediados de siglo XX. Fábrica de cerveza

            Albiac ha sido mucha parte de mi vida, y el personal que hemos tenido siempre ha sido como de la familia. Una gran familia que no puede desaparecer ni de la memoria y ni del corazón. Nuestro pueblo merece tener un suministro eficiente por empresas caspolinas para que su benéfico efecto repercuta en la población. Dar de beber al sediento no es solo una cita bíblica y no solo se refiere a los refrescos o cervezas, sino que es  una máxima que ha estado presente en Albiac, desde siempre, repartiendo felicidad, cultura y amistad.

Miguel Caballú Albiac

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Yoga en el Guadalope… y por la Casa Bosque

En 2004, descubrí el arte del yoga a través de las clases impartidas por Tara Lepage en Espace Mieux-Être. Después de varios años de práctica intensiva, me gradué en «Yoga terapéutico creativo» en julio de 2012. Al principio, sorprendido por los beneficios físicos de la práctica y la búsqueda del bienestar corporal, estoy buscando algo más profundo que las posturas. En 2014, conocí a Sri Andrei Ram en Barcelona, ​​que se convertirá en mi guía espiritual. Su enseñanza, Hatha Raja Yoga, es un yoga simple, completo, anclado en la tradición que enfatiza la respiración (pranayama), purificaciones (krya) posturas energéticas (asanas) y relajación guiada, descanso (nidra).

Ana, practicando Yoga en el cabezo Monteagudo.

Mucho más allá del adagio de mantener una mente sana en un cuerpo sano, ser una yogini es sobre todo una forma de vida, una filosofía de pensamientos y actitudes basada en escucharse a uno mismo, respetar a las personas y De la naturaleza, la bondad, el deseo de compartir y servir. La filosofía que me anima podría resumirse en: «Cada uno debe encontrar su propio camino, su cumplimiento, en la práctica del yoga ».

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Agustín Luna: «Ser pregonero de la Semana Santa es un favor impagable que nunca olvidaré»

Nacido en Caspe, en 1935. Tenía apenas un año cuando estalla la guerra civil, que también sacudió a su familia. ¿Cuáles son sus primeros recuerdos de esa infancia de posguerra?

Mis recuerdos infantiles son sobre todo inducidos por los juegos de los niños de hoy, tan diferentes de los de mi infancia, los que sin embargo también me divertían mucho.

¿Dónde inicia su vida escolar? ¿En qué colegio y con qué profesores?

Agustín Luna

Mi vida escolar se inicia en el colegio de las religiosas de Santa Ana, de las que recuerdo con añoranza y afecto a la hermana Pilar y a la hermana Victoria.


¿Cursa estudios en el Colegio Ntra. Señora del Pilar, también llamado el «Instituto»? Si es así, qué recuerdos guarda de esos años de enseñanza, en los que Caspe disfrutó de profesores como el Sr. Alloza, D. Marceliano, D. Rafael Cubeles, etc.?

Tengo muy buenos recuerdos de los profesores del colegio de Nuestra Señora del Pilar, además de los que se mencionan en la pregunta también de otros como mosen Antonio del Cacho y Tiestos, cuya afición por la historia de nuestro pueblo es bien conocida. Esos profesores del instituto contribuyeron de una manera muy importante a abrir horizontes a nuestras mentes de adolescentes y de jóvenes y también a conformar en buena parte nuestra manera de pensar.

¿Cuándo y cómo nace su pasión por las Letras, y concretamente por el Derecho?

La pasión por el derecho deriva de la del estudio de la historia del mismo en el primer año de la carrera y posteriormente de las excelentes enseñanzas del profesor de derecho político, granadino de origen, y de los magníficos maestros que me enseñaron derecho civil y derecho mercantil, a todos los cuales recuerdo casi diariamente.

En su actividad profesional, además de ejercer de profesor en Barcelona, ha recorrido gran parte de América Latina. REcientemente, incluso, ha sido nombrado profesor distinguido de la Facultad de la Habana. ¿Cómo ve a Cuba tras la muerte de Fidel Castro? ¿Se están dando pasos hacia la Democracia?

Como bien dice conozco bastante bien los países hispanoamericanos, pues, a parte de Cuba, como usted me recuerda, he dado conferencias en Perú (Lima y el Cuzco), en Venezuela (Mérida y Zulia), Argentina (Buenos Aires), Colombia (donde además de dar alguna conferencia me han publicado algún libro y parece que enseguida me van a publicar otro y en Méjico, donde he sido profesor de doctorado durante cinco años en la Universidad de Jalapa en el estado de Veracruz. Además he tenido ocasión de actuar en universidades de Costa Rica, Puerto Rico (dos cursos de doctorado) y en la República Dominicana. Además de los países hispanoamericanos indicados también he podido participar en actividades de alguna universidad brasileña. Para un español colaborar con las universidades de estos países hermanos constituye un gran honor, y para mí efectivamente lo ha sido. Precisamente dentro de pocos días viajo de nuevo a la ciudad de San Juan de Potosí invitado a asistir a un solemne acto académico a celebrar después de una misa solemne de acción de gracias. En cuanto a La Habana, saliéndome un poco del ámbito propio de mi vida personal y del nombramiento como pregonero, poco he podido apreciar en los pocos días que pasé allí, fuera de alguna intervención oída en el congreso en el que participé, en los pocos días de presencia en aquél país, si bien pude enterarme, por haberlo escuchado en alguna de las conferencias del congreso celebrado en la Universidad, que se piensa elaborar una nueva constitución. Vamos a temas más amables y nos centramos en lo que va a vivir este sábado en Caspe. En primer lugar, ¿cuánto tiempo lleva sin visitar las procesiones caspolinas? ¿Cómo recuerda la Semana Santa de su infancia? Imagino que cargada de luto y silencio… Desgraciadamente hace mucho tiempo que no puedo contemplar las celebraciones caspolinas de la Semana Santa, por cuanto que no siempre es fácil desplazarse del domicilio habitual y desprenderse de otras ocupaciones, al aprovechar muchas veces los días festivos para el estudio y la escritura. De los oficios, de los actos y de las procesiones de Semana Santa de nuestro pueblo recuerdo sobretodo el intenso fervor con que se celebraban y seguían.

84 años después, vuelve a esta iglesia en la que, suponemos, fue bautizado. ¿Qué supone para Ud. ser pregonero de la Semana Santa de su pueblo? ¿Qué mensaje va a tratar de transmitir a los caspolinos este sábado en la Colegiata?

Efectivamente fui bautizado en la parroquia de Caspe y volver a ella como pregonero de los actos de la Semana Santa es para mí un favor impagable que nunca podré olvidar. Como es lógico el mensaje que intentaré transmitir ha de centrarse en el significado de la pasión de nuestro Señor y en su gloriosa resurrección.

Le deseamos que viva este momento con toda la emoción y la alegría posibles. Un fuerte abrazo desde la Ciudad del Compromiso

Mucho agradezco a esa entidad que firma el comunicado recibido el deseo de que viva estos momentos previos a la Semana Santa con viva emoción, a la vez que les envío un cordial saludo.

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La Flagelación cumple 70 años

Todavía no ha cumplido los 6 años y ya luce “galones”. Antonié Ralfas, levemente izado en el batedor de la casa de las Fabianas, observa con cierta congoja a cuatro adultos, entre ellos su padre, sacando a hombros la imagen de un hombre semidesnudo, amarradas sus manos a una columna, erguido aunque ligeramente encorvado, con la mirada puesta en el cielo, suplicante, asustado, pero con una serena belleza. Ni la sonrisa cómplice de su padre, ni las cálidas manos que reposan sobre sus hombros logran calmar su inquietud, que se acrecienta cuando observa los arañazos y la sangre que salpica la espalda del que va preso. Antes de que pueda extraviarse entre la nube de curiosos que rodean la escena, su tío Vicente le llama a su lado y caminan juntos hasta entrar en el Corralico, el patio que sirve de recreo a los alumnos del Colegio de Nuestra Señora del Pilar.

10 de abril de 1949

Desconoce el significado de muchas de las palabras que esos días azoran su mente: pasión, fuego eterno, redentor, flagelación… pero sabe que, sea lo que sea, él forma parte de ello. Lo sabe desde que hace un rato le han vestido del mismo modo que ahora ve a su padre, a su tío y a otros rostros amigos.
Su madre le da un palo y un cucurucho grande y lo manda junto a todos para hacerse una foto. Carmen, una mujer muy guapa que viste de negro y lleva en el pecho un escapulario, acaba sumándose al grupo, a pesar de su inicial reticencia. “¿Cómo no vas a salir tú? ¡Anda, venga, no te de vergüenza!”, le dicen varios cofrades.

Antes de acabar de colocarle el capirote, su madre le recuerda:
– No te separes del tío. Aunque no le veas la cara, fíjate que lleva el palo como tú y dos rayas marrones en las mangas.
– ¿Y por qué Papá y los demás no las llevan?
– ¡Porque vosotros sois los jefes, cariño!

Lleno de orgullo, Antonié alza la vista y mira una vez más a quien permanece anclado a la columna. “Está triste”, dice apenas en un susurro, justo antes de que todo a su alrededor se vuelva marrón.

Extracto del libro «La Columna. 65 años de historia compartida»

Para realizar pedidos, dirigirse a elchicodelclarinete@gmail.com

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Lejos de la India

Por Alejandro Giménez Robres

En un rincón de un caserón medio derruido, a merced de la intemperie de los bajos fondos de una tarde de diciembre, duermen varios hombres apelotonados sobre una ramas secas de platanero. Andrajosos, harapientos, de tez oscura y cabellos azabache, castigados por años de extenuante trabajo y malnutrición, dibujan un frágil amasijo de humanidad a punto de quebrarse. Sus compañeros de fatigas, también de la casta más baja, siguen apilando troncos de madera hasta una altura casi inimaginable. Con sus pies descalzos y deformes ascienden y descienden del improbable acantilado de maderos con asombrosa y desafiante agilidad. Otra cuadrilla escoge la leña más seca, las cargan en unas mochilas hechas de lona y descienden lentamente los grandes escalones que separan la ciudad de la ribera del Ganges. Acompaña su labor un silencio sepulcral. Algo realmente extraordinario e inusitado en estos lares. A unos pocos metros, en la fachada contigua, un barbero se afana en rapar las cabezas de los primogénitos bajo la atenta mirada de los curiosos. Las procesiones de familiares -todos varones-  portan a sus difuntos envueltos en pan de oro por este laberinto de callejuelas hasta desembocar al río. A lo lejos, un eco de cánticos en extraños dialectos anuncian la llegada del ocaso. Las malezas prendidas empiezan a cargarse de humo y esencias quemadas y las hogueras iluminan con su hipnótico baile al río sagrado del Hinduismo. Los perros callejeros se acercan sigilosamente a las incineraciones en busca de algo que llevarse a la boca, y unos niños de la calle se dedican a ahuyentarlos a cambio de un puñado de rupias. A unos pocos metros río abajo, como si estuvieran en una dimensión paralela, una familia entera se viste después de un baño sagrado. Sus caras auguran un futuro lleno de buenos presagios. En los graderíos de los Vats un grupo de guiris se sientan junto a un anciano Shadu que vigila paciente su atardecer infinito. Le ofrecen un poco de tabaco. El anciano lo acepta gustosamente y en agradecimiento les ofrece unas hojas de Betel. Por un momento la brisa del río se detiene por completo. La noche transcurre plácida, serena, inmutable, pero a ras de suelo bulle una actividad tensa y expectante. Los peregrinos venidos de todas las partes de la India toman sitio en la ceremonia de la Ganga. Las guirnaldas de luces se desperezan lentamente encendiendo los muros de los templos de vivos colores. Los guías, vendedores y buscavidas se abren camino entre la multitud como peces nadando contracorriente. La ceremonia en honor a la diosa del río está a punto de comenzar. El público se prepara. Los botes y barcos turísticos acuden al encuentro de la liturgia de música y fuego. Un Brhaman recita un mantra mientras enciende unos enormes candelabros de aceite en forma de espiral. Cinco jóvenes Brahmanes ataviados con sus mejores galas ofrecen los candelabros llameantes al paso del Ganges y liberan estelas humeantes que se pierden en el cielo raso. La música envuelve cada instante y lo transforma en recuerdo. El tiempo dibuja un gran círculo que no cesa de crecer. La corriente arrastra las ofrendas de los peregrinos y las cenizas de los que ayer andaban entre nosotros. La iluminada bruma nocturna perfilará durante años la memoría de los viajeros. He aquí el Dharma. El mito del eterno retorno; el equilibrio esencial y cósmico. Un sistema complejo e invisible que une y mueve todas las cosas conocidas y las desconocidas y aquellas que nos resistimos a conocer. Y estamos en Benarés, donde los muertos inician su camino al Nirvana mecidos por la brisa del río y la ceremonia del fuego desde hace más de cuatro mil años.

Dos semanas después me encuentro en Madrid-Barajas esperando al autobús que me ha de llevar a casa. Hace calor para esta época del año. Mi avión ha venido con retraso y he llegado por los pelos al último bus. Es víspera de Nochebuena y eso se palpa en el ambiente y en el semblante de los viajeros. “Todos iniciamos o terminamos un camino”, murmuro al ver el autobús cargado de gente sonriente e impoluta colgada del teléfono. Acabo de volver de la India y no lo he asimilado todavía. Y eso que siempre fue el primer destino de mi lista, mi Camino a Ítaca particular, mi soñada ínsula Barataria, pero por una razón o por otra nunca era el momento. Además, primero necesitaba foguearme, probarme a mi mismo, sentirme lo suficientemente preparado y seguro. Sólo me ha costado diez años de viajes y lento aprendizaje. Y ya está, se acabó. Estoy de vuelta y, de alguna manera, me niego a aceptarlo. Había soñado tanto con la India que necesito meditarlo un tiempo. Me pasa con todos los viajes. Todos dejan un regusto pasajero que poco a poco deja un poso permanente. No obstante, nunca un viaje tan largo se me hizo tan corto. “Es el tiempo que viene y va, bueno, sobre todo se va. Te haces mayor para según que cosas y todo lo demás son milongas”, pienso. Sólo tengo ganas de volver a casa y dormir doce horas seguidas.

Y de repente, sin solución de continuidad ni tiempo para asimilarlo, han pasado más de tres meses. He vuelto a mi zona de confort con más rapidez y facilidad que nunca. Apenas he ojeado las fotos y vídeos del viaje y mucho menos tengo ganas de escribir sobre ello. Las anécdotas de viaje se diluyen en la rutina diaria y los relatos de mis vivencias van perdiendo paulatinamente su fuerza inicial. Y eso me ha llegado a asustar. Como si India ya no estuviera ahí y el viaje hubiera sido tan sólo un sueño. Como si hubiera tirado la toalla en mis ansias de conocer mundo. Como si me hubiera topado con un muro insalvable y me hubiera curado del síndrome del viajero para siempre.

Todo éste embrollo personal tiene una explicación. Como ya sabrán, La India es la celebración de la diferencia, un estallido de sensaciones encontradas, un monumento constante a lo insólito. El lugar más bizarro, estresante y caótico del mundo. Aunque parezca un tópico más grande que la cúpula del Taj Majhal, hay que verlo para creerlo. Todo en este inabarcable país es una gran vuelta de rosca, una pirueta inconcebible para nuestra mentalidad occidental. Por ejemplo,  los “rickshaws” son en concepto una locura: pequeñas motos que arrastran un remolque lleno de gente, cuanta más mejor. Son habituales en toda Asia, pero, créanme, que en India alcanzan otro nivel. Los hay de dos, tres, cuatro o treintaycuatro plazas, encapotados, descapotables, verdes, amarillos, lujosos, austeros, tuneados, con equipo de alta fidelidad incorporado. Los pitos de los coches, motos, carros, bicicletas, furgonetas y camiones es tal vez lo único eficiente del país. Las calles están sucias y deshoyadas, los desagües son a todas luces insuficientes y las vacas campan a sus anchas y van minando la calle con sus heces. Cruzar la calle en hora punta es una misión suicida. Conseguir un teléfono que funcione es una quimera y comprar un billete de tren toda una proeza. La gente te mira raro (en realidad sólo te miran, porque en un país de 1200 millones de hindúes, musulmanes, Sijs y budistas el raro eres tú). Y la tranquilidad es un bien escaso que sólo los ricos pueden pagar. A todo ésto hay que sumarle la sobrepoblación y la falta de una mínima conciencia ecológica. El aire en las grandes ciudades es irrespirable y las infecciones respiratorias y estomacales son de lo más habituales. No es extraño que algunos turistas huyan horrorizados del país . La India no es para estómagos sensibles. La pobreza lo abarca todo, los campamentos de intocables (castas de apestados por la sociedad que viven en condiciones miserables) están por todos lados, los mendigos son numerosos e insistentes y la higiene deja mucho que desear.

Cómo un país tan loco puede ser la cuna de la meditación, el yoga y el budismo, adalides de la búsqueda de la paz interior y el misticismo, es algo que se me escapa por completo, y aún así comprendo que es algo completamente necesario. En una sociedad tan tumultuosa, el individuo debe mantener su mente y espíritu lo más sano posible, sólo para permanecer en pie. Aunque, como veremos a continuación, no es del todo así.

Desde que vinieron los Beatles, allá por los años sesenta, la India ofrece respuestas a los perdidos y desorientados occidentales. Afortunadamente para los gurús, la iluminación espiritual no resulta precisamente barata. Los hare krishna son en su mayor parte occidentales en busca de un ideal. Hay auténticos complejos dedicados a enseñar el camino de Buddhha y en ocasiones uno tiene la impresión de estar en un parque temático. Por otro lado, el lujo asiático y la gran vida de maharahara surgidos del imaginario colectivo sólo existe en los museos y en hoteles de cinco estrellas alejados de la verdadera esencia del país. Esta concepción tan idealizada es tal que estoy convencido de que los que más dan la nota son los propios extranjeros. Me explico, anécdota mediante. Una tarde paseando por los alrededores del lago de Puskhar escuchamos a lo lejos a unos músicos locales tocar una suerte de timbales (Mardarigan) y flautas (Bansuris) y a un grupo de bailarinas danzando al ritmo de la música. Las danzantes portaban bellos saree de colores vivos y hacían resonar sus piezas de bisutería con fugaces giros de muñeca y grandes y oscilantes movimientos de cadera. Los pañuelos formaban parte esencial de la coreografía y los curiosos que por allá andaban poco a poco se fueron uniendo al improvisado festival. La estampa era digna de una película de Bollywood. Nos acercamos unos metros más y para nuestra sorpresa comprobamos que los músicos sí eran locales, pero las bailarinas eran de Murcia, Birmingham, MonchënBlagbach y Estocolmo. De cualquier sitio menos de la India. Como bien recordamos esa noche entre risas a orillas del mismo lago: “Imagínate que vas a Sevilla y te encuentras a un grupo de japonesas vestidas de rocieras bailando sevillanas. Menudo bajón, maldita globalización.”. Así que quién busque estas inocentes idealizaciones de folleto turístico seguramente se lleve el chasco de su vida.

Sin embargo, hay luz al final del túnel. La india ofrece inacabables experiencias a los viajeros de mente abierta y sincera curiosidad. Las nuevas generaciones de hindús tienen verdadero interés en aprender de nuestra cultura y costumbres, lo que abre las ventanas de par en par al intercambio cultural y a conversaciones interesantísimas. El desarrollo económico es imparable. Las políticas de sensibilización medioambiental comienzan a dar sus primeros frutos y las organizaciones no gubernamentales desarrollan una labor de empoderamiento de las clases bajas y de la mujer que va a mejorar el país más rápido que nunca.

Desde hace unos días, mientras me pierdo en mis quehaceres diarios y pienso en mis absurdos problemas del primer mundo, igual que un grifo mal cerrado deja escapar furtivas gotitas de agua, impacta sobre mí una sensación olvidada, un sonido vibrante, un aroma envolvente o una imagen colorida de la India que antes no era capaz de recordar. Y no sé que les parecerá a ustedes, pero a mi sufrir estos síntomas de nuevo me hace profundamente feliz. Porque significa que pronto volveré a ser infectado por la seductora y desconocida idea del viaje no como fin, sino cómo medio.

Ayer miré de reojo a la mochila que reposa pacientemente en el rincón de mi armario y juraría que ella hizo lo mismo. Será que también recuerda como yo los limpios atardeceres en Palolem beach, ese paseo por la selva para visitar a un asceta ermitaño custodiado por una gigantesca Bauhina y un juguetón rottweiller (verídico). Y a voluntad rebobinaré en el tiempo y volveré a perderme en las profundas y oscuras calles de Benarés impregnadas de fragancias de Chai y tintes de seda. El lecho azul de la ciudad de Uhdaippur volverá a sucumbir al atardecer rojo bajo la fortaleza de Mehrangarh. Cruzaré las intimidantes murallas del Fuerte Amber imaginando su ya lejano esplendor. Comprobaremos que el tren sigue siendo la mejor red social que existe y es probable que la Samosa más sabrosa del mundo esté contaminada de nuevo. Quién sabe. Echaré de menos las discusiones políticas con Macarena, con ánimo de buscar polémica, y las terapias de grupo cuando la cerveza ya era tolerada por nuestros estómagos y la confianza sobrepasaba los límites de lo políticamente incorrecto. Me reiré a carcajadas con el “sutil” humor de Raquel. Tomaré fotos y charlaré con los esperanzados jóvenes hindús de curiosidad voraz que prefieren sumar followers allende los mares a acumular puntos positivos de karma. Contaré el secuestro de las gafas de Laura perpetrado por un banda organizada de monos titis y su posterior rescate gracias a la buena praxis y a la alta tecnología hindú (un palo muy largo y muy gordo). Los Lassis salpimentados con comino y azafrán (pedazo descubrimiento para aliviar el picor), los Thalis vegetarianos, los tés de todo tipo, el paneer y el naan con ajo, queso y margarina. La insana adicción a los postres de tradición colonial. Incluso alguna indisposición ocasional y algún que otro mal rollo con vendedores de todo tipo y algún turista mal informado son cosas dignas de recordar. Esa moñiga de vaca aparecida misteriosamente en el balcón de un segundo piso de un hotel boutique seguirá siendo un misterio insondable. Y cómo no, volveré entonar el mea culpa y mis más sinceras disculpas por encerrar sin querer a una de mis compañeras en su propia habitación mientras pasaba por un fuerte proceso febril.

Y a riesgo de caer en el tópico, les rogaré encarecidamente que visiten la India a pesar de todos sus defectos e incomodidades. ¡Cómo no sucumbir a un mundo nuevo! A una nueva manera de relacionarse con él y con los que le rodean. Un pequeño prisma desde el cual poder admirar un montón de realidades olvidadas. He pensado bastante en ello, en los grifos abiertos, en las lluvias torrenciales y en los cuentos que nos mantienen en pie y en las fiebres que vienen y van, en mi afortunado lugar en el mundo y en todo lo que me falta por hacer. Y creo sinceramente, con el optimismo por bandera que acaba otorgando la experiencia, que las fuerzas cósmicas y los sistemas complejos conspiran a mi favor. Y lo que yo identificaba como apatía permanente o fin de una etapa era solamente un punto y seguido, un descanso en el camino, una barrera invisible mas no irrompible que me mantenía lejos, -pero nunca más-, lejos de la India.


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LEGAJOS (XV). Adiós a la «Solfa»

21 de marzo de 1945  folio 16

Se dio cuenta de escrito del director de la Banda Muncipal comunicando que con fecha 1 del corriente mes y año ha causado baja definitiva en la expresada agrupación el músico de segunda don Pedro Sanahuja Altés, por haber tenido que reincorporarse al ejército. 

Sesión de 21 de marzo de 1945. Preside: Teodoro Fuster Arpal

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