Yoga en el Guadalope… y por la Casa Bosque

En 2004, descubrí el arte del yoga a través de las clases impartidas por Tara Lepage en Espace Mieux-Être. Después de varios años de práctica intensiva, me gradué en «Yoga terapéutico creativo» en julio de 2012. Al principio, sorprendido por los beneficios físicos de la práctica y la búsqueda del bienestar corporal, estoy buscando algo más profundo que las posturas. En 2014, conocí a Sri Andrei Ram en Barcelona, ​​que se convertirá en mi guía espiritual. Su enseñanza, Hatha Raja Yoga, es un yoga simple, completo, anclado en la tradición que enfatiza la respiración (pranayama), purificaciones (krya) posturas energéticas (asanas) y relajación guiada, descanso (nidra).

Ana, practicando Yoga en el cabezo Monteagudo.

Mucho más allá del adagio de mantener una mente sana en un cuerpo sano, ser una yogini es sobre todo una forma de vida, una filosofía de pensamientos y actitudes basada en escucharse a uno mismo, respetar a las personas y De la naturaleza, la bondad, el deseo de compartir y servir. La filosofía que me anima podría resumirse en: «Cada uno debe encontrar su propio camino, su cumplimiento, en la práctica del yoga ».

Posted in Actividades

Agustín Luna: «Ser pregonero de la Semana Santa es un favor impagable que nunca olvidaré»

Nacido en Caspe, en 1935. Tenía apenas un año cuando estalla la guerra civil, que también sacudió a su familia. ¿Cuáles son sus primeros recuerdos de esa infancia de posguerra?

Mis recuerdos infantiles son sobre todo inducidos por los juegos de los niños de hoy, tan diferentes de los de mi infancia, los que sin embargo también me divertían mucho.

¿Dónde inicia su vida escolar? ¿En qué colegio y con qué profesores?

Agustín Luna

Mi vida escolar se inicia en el colegio de las religiosas de Santa Ana, de las que recuerdo con añoranza y afecto a la hermana Pilar y a la hermana Victoria.


¿Cursa estudios en el Colegio Ntra. Señora del Pilar, también llamado el «Instituto»? Si es así, qué recuerdos guarda de esos años de enseñanza, en los que Caspe disfrutó de profesores como el Sr. Alloza, D. Marceliano, D. Rafael Cubeles, etc.?

Tengo muy buenos recuerdos de los profesores del colegio de Nuestra Señora del Pilar, además de los que se mencionan en la pregunta también de otros como mosen Antonio del Cacho y Tiestos, cuya afición por la historia de nuestro pueblo es bien conocida. Esos profesores del instituto contribuyeron de una manera muy importante a abrir horizontes a nuestras mentes de adolescentes y de jóvenes y también a conformar en buena parte nuestra manera de pensar.

¿Cuándo y cómo nace su pasión por las Letras, y concretamente por el Derecho?

La pasión por el derecho deriva de la del estudio de la historia del mismo en el primer año de la carrera y posteriormente de las excelentes enseñanzas del profesor de derecho político, granadino de origen, y de los magníficos maestros que me enseñaron derecho civil y derecho mercantil, a todos los cuales recuerdo casi diariamente.

En su actividad profesional, además de ejercer de profesor en Barcelona, ha recorrido gran parte de América Latina. REcientemente, incluso, ha sido nombrado profesor distinguido de la Facultad de la Habana. ¿Cómo ve a Cuba tras la muerte de Fidel Castro? ¿Se están dando pasos hacia la Democracia?

Como bien dice conozco bastante bien los países hispanoamericanos, pues, a parte de Cuba, como usted me recuerda, he dado conferencias en Perú (Lima y el Cuzco), en Venezuela (Mérida y Zulia), Argentina (Buenos Aires), Colombia (donde además de dar alguna conferencia me han publicado algún libro y parece que enseguida me van a publicar otro y en Méjico, donde he sido profesor de doctorado durante cinco años en la Universidad de Jalapa en el estado de Veracruz. Además he tenido ocasión de actuar en universidades de Costa Rica, Puerto Rico (dos cursos de doctorado) y en la República Dominicana. Además de los países hispanoamericanos indicados también he podido participar en actividades de alguna universidad brasileña. Para un español colaborar con las universidades de estos países hermanos constituye un gran honor, y para mí efectivamente lo ha sido. Precisamente dentro de pocos días viajo de nuevo a la ciudad de San Juan de Potosí invitado a asistir a un solemne acto académico a celebrar después de una misa solemne de acción de gracias. En cuanto a La Habana, saliéndome un poco del ámbito propio de mi vida personal y del nombramiento como pregonero, poco he podido apreciar en los pocos días que pasé allí, fuera de alguna intervención oída en el congreso en el que participé, en los pocos días de presencia en aquél país, si bien pude enterarme, por haberlo escuchado en alguna de las conferencias del congreso celebrado en la Universidad, que se piensa elaborar una nueva constitución. Vamos a temas más amables y nos centramos en lo que va a vivir este sábado en Caspe. En primer lugar, ¿cuánto tiempo lleva sin visitar las procesiones caspolinas? ¿Cómo recuerda la Semana Santa de su infancia? Imagino que cargada de luto y silencio… Desgraciadamente hace mucho tiempo que no puedo contemplar las celebraciones caspolinas de la Semana Santa, por cuanto que no siempre es fácil desplazarse del domicilio habitual y desprenderse de otras ocupaciones, al aprovechar muchas veces los días festivos para el estudio y la escritura. De los oficios, de los actos y de las procesiones de Semana Santa de nuestro pueblo recuerdo sobretodo el intenso fervor con que se celebraban y seguían.

84 años después, vuelve a esta iglesia en la que, suponemos, fue bautizado. ¿Qué supone para Ud. ser pregonero de la Semana Santa de su pueblo? ¿Qué mensaje va a tratar de transmitir a los caspolinos este sábado en la Colegiata?

Efectivamente fui bautizado en la parroquia de Caspe y volver a ella como pregonero de los actos de la Semana Santa es para mí un favor impagable que nunca podré olvidar. Como es lógico el mensaje que intentaré transmitir ha de centrarse en el significado de la pasión de nuestro Señor y en su gloriosa resurrección.

Le deseamos que viva este momento con toda la emoción y la alegría posibles. Un fuerte abrazo desde la Ciudad del Compromiso

Mucho agradezco a esa entidad que firma el comunicado recibido el deseo de que viva estos momentos previos a la Semana Santa con viva emoción, a la vez que les envío un cordial saludo.

Posted in Sin categoría

La Flagelación cumple 70 años

Todavía no ha cumplido los 6 años y ya luce “galones”. Antonié Ralfas, levemente izado en el batedor de la casa de las Fabianas, observa con cierta congoja a cuatro adultos, entre ellos su padre, sacando a hombros la imagen de un hombre semidesnudo, amarradas sus manos a una columna, erguido aunque ligeramente encorvado, con la mirada puesta en el cielo, suplicante, asustado, pero con una serena belleza. Ni la sonrisa cómplice de su padre, ni las cálidas manos que reposan sobre sus hombros logran calmar su inquietud, que se acrecienta cuando observa los arañazos y la sangre que salpica la espalda del que va preso. Antes de que pueda extraviarse entre la nube de curiosos que rodean la escena, su tío Vicente le llama a su lado y caminan juntos hasta entrar en el Corralico, el patio que sirve de recreo a los alumnos del Colegio de Nuestra Señora del Pilar.

10 de abril de 1949

Desconoce el significado de muchas de las palabras que esos días azoran su mente: pasión, fuego eterno, redentor, flagelación… pero sabe que, sea lo que sea, él forma parte de ello. Lo sabe desde que hace un rato le han vestido del mismo modo que ahora ve a su padre, a su tío y a otros rostros amigos.
Su madre le da un palo y un cucurucho grande y lo manda junto a todos para hacerse una foto. Carmen, una mujer muy guapa que viste de negro y lleva en el pecho un escapulario, acaba sumándose al grupo, a pesar de su inicial reticencia. “¿Cómo no vas a salir tú? ¡Anda, venga, no te de vergüenza!”, le dicen varios cofrades.

Antes de acabar de colocarle el capirote, su madre le recuerda:
– No te separes del tío. Aunque no le veas la cara, fíjate que lleva el palo como tú y dos rayas marrones en las mangas.
– ¿Y por qué Papá y los demás no las llevan?
– ¡Porque vosotros sois los jefes, cariño!

Lleno de orgullo, Antonié alza la vista y mira una vez más a quien permanece anclado a la columna. “Está triste”, dice apenas en un susurro, justo antes de que todo a su alrededor se vuelva marrón.

Extracto del libro «La Columna. 65 años de historia compartida»

Para realizar pedidos, dirigirse a elchicodelclarinete@gmail.com

Posted in Sin categoría

Lejos de la India

Por Alejandro Giménez Robres

En un rincón de un caserón medio derruido, a merced de la intemperie de los bajos fondos de una tarde de diciembre, duermen varios hombres apelotonados sobre una ramas secas de platanero. Andrajosos, harapientos, de tez oscura y cabellos azabache, castigados por años de extenuante trabajo y malnutrición, dibujan un frágil amasijo de humanidad a punto de quebrarse. Sus compañeros de fatigas, también de la casta más baja, siguen apilando troncos de madera hasta una altura casi inimaginable. Con sus pies descalzos y deformes ascienden y descienden del improbable acantilado de maderos con asombrosa y desafiante agilidad. Otra cuadrilla escoge la leña más seca, las cargan en unas mochilas hechas de lona y descienden lentamente los grandes escalones que separan la ciudad de la ribera del Ganges. Acompaña su labor un silencio sepulcral. Algo realmente extraordinario e inusitado en estos lares. A unos pocos metros, en la fachada contigua, un barbero se afana en rapar las cabezas de los primogénitos bajo la atenta mirada de los curiosos. Las procesiones de familiares -todos varones-  portan a sus difuntos envueltos en pan de oro por este laberinto de callejuelas hasta desembocar al río. A lo lejos, un eco de cánticos en extraños dialectos anuncian la llegada del ocaso. Las malezas prendidas empiezan a cargarse de humo y esencias quemadas y las hogueras iluminan con su hipnótico baile al río sagrado del Hinduismo. Los perros callejeros se acercan sigilosamente a las incineraciones en busca de algo que llevarse a la boca, y unos niños de la calle se dedican a ahuyentarlos a cambio de un puñado de rupias. A unos pocos metros río abajo, como si estuvieran en una dimensión paralela, una familia entera se viste después de un baño sagrado. Sus caras auguran un futuro lleno de buenos presagios. En los graderíos de los Vats un grupo de guiris se sientan junto a un anciano Shadu que vigila paciente su atardecer infinito. Le ofrecen un poco de tabaco. El anciano lo acepta gustosamente y en agradecimiento les ofrece unas hojas de Betel. Por un momento la brisa del río se detiene por completo. La noche transcurre plácida, serena, inmutable, pero a ras de suelo bulle una actividad tensa y expectante. Los peregrinos venidos de todas las partes de la India toman sitio en la ceremonia de la Ganga. Las guirnaldas de luces se desperezan lentamente encendiendo los muros de los templos de vivos colores. Los guías, vendedores y buscavidas se abren camino entre la multitud como peces nadando contracorriente. La ceremonia en honor a la diosa del río está a punto de comenzar. El público se prepara. Los botes y barcos turísticos acuden al encuentro de la liturgia de música y fuego. Un Brhaman recita un mantra mientras enciende unos enormes candelabros de aceite en forma de espiral. Cinco jóvenes Brahmanes ataviados con sus mejores galas ofrecen los candelabros llameantes al paso del Ganges y liberan estelas humeantes que se pierden en el cielo raso. La música envuelve cada instante y lo transforma en recuerdo. El tiempo dibuja un gran círculo que no cesa de crecer. La corriente arrastra las ofrendas de los peregrinos y las cenizas de los que ayer andaban entre nosotros. La iluminada bruma nocturna perfilará durante años la memoría de los viajeros. He aquí el Dharma. El mito del eterno retorno; el equilibrio esencial y cósmico. Un sistema complejo e invisible que une y mueve todas las cosas conocidas y las desconocidas y aquellas que nos resistimos a conocer. Y estamos en Benarés, donde los muertos inician su camino al Nirvana mecidos por la brisa del río y la ceremonia del fuego desde hace más de cuatro mil años.

Dos semanas después me encuentro en Madrid-Barajas esperando al autobús que me ha de llevar a casa. Hace calor para esta época del año. Mi avión ha venido con retraso y he llegado por los pelos al último bus. Es víspera de Nochebuena y eso se palpa en el ambiente y en el semblante de los viajeros. “Todos iniciamos o terminamos un camino”, murmuro al ver el autobús cargado de gente sonriente e impoluta colgada del teléfono. Acabo de volver de la India y no lo he asimilado todavía. Y eso que siempre fue el primer destino de mi lista, mi Camino a Ítaca particular, mi soñada ínsula Barataria, pero por una razón o por otra nunca era el momento. Además, primero necesitaba foguearme, probarme a mi mismo, sentirme lo suficientemente preparado y seguro. Sólo me ha costado diez años de viajes y lento aprendizaje. Y ya está, se acabó. Estoy de vuelta y, de alguna manera, me niego a aceptarlo. Había soñado tanto con la India que necesito meditarlo un tiempo. Me pasa con todos los viajes. Todos dejan un regusto pasajero que poco a poco deja un poso permanente. No obstante, nunca un viaje tan largo se me hizo tan corto. “Es el tiempo que viene y va, bueno, sobre todo se va. Te haces mayor para según que cosas y todo lo demás son milongas”, pienso. Sólo tengo ganas de volver a casa y dormir doce horas seguidas.

Y de repente, sin solución de continuidad ni tiempo para asimilarlo, han pasado más de tres meses. He vuelto a mi zona de confort con más rapidez y facilidad que nunca. Apenas he ojeado las fotos y vídeos del viaje y mucho menos tengo ganas de escribir sobre ello. Las anécdotas de viaje se diluyen en la rutina diaria y los relatos de mis vivencias van perdiendo paulatinamente su fuerza inicial. Y eso me ha llegado a asustar. Como si India ya no estuviera ahí y el viaje hubiera sido tan sólo un sueño. Como si hubiera tirado la toalla en mis ansias de conocer mundo. Como si me hubiera topado con un muro insalvable y me hubiera curado del síndrome del viajero para siempre.

Todo éste embrollo personal tiene una explicación. Como ya sabrán, La India es la celebración de la diferencia, un estallido de sensaciones encontradas, un monumento constante a lo insólito. El lugar más bizarro, estresante y caótico del mundo. Aunque parezca un tópico más grande que la cúpula del Taj Majhal, hay que verlo para creerlo. Todo en este inabarcable país es una gran vuelta de rosca, una pirueta inconcebible para nuestra mentalidad occidental. Por ejemplo,  los “rickshaws” son en concepto una locura: pequeñas motos que arrastran un remolque lleno de gente, cuanta más mejor. Son habituales en toda Asia, pero, créanme, que en India alcanzan otro nivel. Los hay de dos, tres, cuatro o treintaycuatro plazas, encapotados, descapotables, verdes, amarillos, lujosos, austeros, tuneados, con equipo de alta fidelidad incorporado. Los pitos de los coches, motos, carros, bicicletas, furgonetas y camiones es tal vez lo único eficiente del país. Las calles están sucias y deshoyadas, los desagües son a todas luces insuficientes y las vacas campan a sus anchas y van minando la calle con sus heces. Cruzar la calle en hora punta es una misión suicida. Conseguir un teléfono que funcione es una quimera y comprar un billete de tren toda una proeza. La gente te mira raro (en realidad sólo te miran, porque en un país de 1200 millones de hindúes, musulmanes, Sijs y budistas el raro eres tú). Y la tranquilidad es un bien escaso que sólo los ricos pueden pagar. A todo ésto hay que sumarle la sobrepoblación y la falta de una mínima conciencia ecológica. El aire en las grandes ciudades es irrespirable y las infecciones respiratorias y estomacales son de lo más habituales. No es extraño que algunos turistas huyan horrorizados del país . La India no es para estómagos sensibles. La pobreza lo abarca todo, los campamentos de intocables (castas de apestados por la sociedad que viven en condiciones miserables) están por todos lados, los mendigos son numerosos e insistentes y la higiene deja mucho que desear.

Cómo un país tan loco puede ser la cuna de la meditación, el yoga y el budismo, adalides de la búsqueda de la paz interior y el misticismo, es algo que se me escapa por completo, y aún así comprendo que es algo completamente necesario. En una sociedad tan tumultuosa, el individuo debe mantener su mente y espíritu lo más sano posible, sólo para permanecer en pie. Aunque, como veremos a continuación, no es del todo así.

Desde que vinieron los Beatles, allá por los años sesenta, la India ofrece respuestas a los perdidos y desorientados occidentales. Afortunadamente para los gurús, la iluminación espiritual no resulta precisamente barata. Los hare krishna son en su mayor parte occidentales en busca de un ideal. Hay auténticos complejos dedicados a enseñar el camino de Buddhha y en ocasiones uno tiene la impresión de estar en un parque temático. Por otro lado, el lujo asiático y la gran vida de maharahara surgidos del imaginario colectivo sólo existe en los museos y en hoteles de cinco estrellas alejados de la verdadera esencia del país. Esta concepción tan idealizada es tal que estoy convencido de que los que más dan la nota son los propios extranjeros. Me explico, anécdota mediante. Una tarde paseando por los alrededores del lago de Puskhar escuchamos a lo lejos a unos músicos locales tocar una suerte de timbales (Mardarigan) y flautas (Bansuris) y a un grupo de bailarinas danzando al ritmo de la música. Las danzantes portaban bellos saree de colores vivos y hacían resonar sus piezas de bisutería con fugaces giros de muñeca y grandes y oscilantes movimientos de cadera. Los pañuelos formaban parte esencial de la coreografía y los curiosos que por allá andaban poco a poco se fueron uniendo al improvisado festival. La estampa era digna de una película de Bollywood. Nos acercamos unos metros más y para nuestra sorpresa comprobamos que los músicos sí eran locales, pero las bailarinas eran de Murcia, Birmingham, MonchënBlagbach y Estocolmo. De cualquier sitio menos de la India. Como bien recordamos esa noche entre risas a orillas del mismo lago: “Imagínate que vas a Sevilla y te encuentras a un grupo de japonesas vestidas de rocieras bailando sevillanas. Menudo bajón, maldita globalización.”. Así que quién busque estas inocentes idealizaciones de folleto turístico seguramente se lleve el chasco de su vida.

Sin embargo, hay luz al final del túnel. La india ofrece inacabables experiencias a los viajeros de mente abierta y sincera curiosidad. Las nuevas generaciones de hindús tienen verdadero interés en aprender de nuestra cultura y costumbres, lo que abre las ventanas de par en par al intercambio cultural y a conversaciones interesantísimas. El desarrollo económico es imparable. Las políticas de sensibilización medioambiental comienzan a dar sus primeros frutos y las organizaciones no gubernamentales desarrollan una labor de empoderamiento de las clases bajas y de la mujer que va a mejorar el país más rápido que nunca.

Desde hace unos días, mientras me pierdo en mis quehaceres diarios y pienso en mis absurdos problemas del primer mundo, igual que un grifo mal cerrado deja escapar furtivas gotitas de agua, impacta sobre mí una sensación olvidada, un sonido vibrante, un aroma envolvente o una imagen colorida de la India que antes no era capaz de recordar. Y no sé que les parecerá a ustedes, pero a mi sufrir estos síntomas de nuevo me hace profundamente feliz. Porque significa que pronto volveré a ser infectado por la seductora y desconocida idea del viaje no como fin, sino cómo medio.

Ayer miré de reojo a la mochila que reposa pacientemente en el rincón de mi armario y juraría que ella hizo lo mismo. Será que también recuerda como yo los limpios atardeceres en Palolem beach, ese paseo por la selva para visitar a un asceta ermitaño custodiado por una gigantesca Bauhina y un juguetón rottweiller (verídico). Y a voluntad rebobinaré en el tiempo y volveré a perderme en las profundas y oscuras calles de Benarés impregnadas de fragancias de Chai y tintes de seda. El lecho azul de la ciudad de Uhdaippur volverá a sucumbir al atardecer rojo bajo la fortaleza de Mehrangarh. Cruzaré las intimidantes murallas del Fuerte Amber imaginando su ya lejano esplendor. Comprobaremos que el tren sigue siendo la mejor red social que existe y es probable que la Samosa más sabrosa del mundo esté contaminada de nuevo. Quién sabe. Echaré de menos las discusiones políticas con Macarena, con ánimo de buscar polémica, y las terapias de grupo cuando la cerveza ya era tolerada por nuestros estómagos y la confianza sobrepasaba los límites de lo políticamente incorrecto. Me reiré a carcajadas con el “sutil” humor de Raquel. Tomaré fotos y charlaré con los esperanzados jóvenes hindús de curiosidad voraz que prefieren sumar followers allende los mares a acumular puntos positivos de karma. Contaré el secuestro de las gafas de Laura perpetrado por un banda organizada de monos titis y su posterior rescate gracias a la buena praxis y a la alta tecnología hindú (un palo muy largo y muy gordo). Los Lassis salpimentados con comino y azafrán (pedazo descubrimiento para aliviar el picor), los Thalis vegetarianos, los tés de todo tipo, el paneer y el naan con ajo, queso y margarina. La insana adicción a los postres de tradición colonial. Incluso alguna indisposición ocasional y algún que otro mal rollo con vendedores de todo tipo y algún turista mal informado son cosas dignas de recordar. Esa moñiga de vaca aparecida misteriosamente en el balcón de un segundo piso de un hotel boutique seguirá siendo un misterio insondable. Y cómo no, volveré entonar el mea culpa y mis más sinceras disculpas por encerrar sin querer a una de mis compañeras en su propia habitación mientras pasaba por un fuerte proceso febril.

Y a riesgo de caer en el tópico, les rogaré encarecidamente que visiten la India a pesar de todos sus defectos e incomodidades. ¡Cómo no sucumbir a un mundo nuevo! A una nueva manera de relacionarse con él y con los que le rodean. Un pequeño prisma desde el cual poder admirar un montón de realidades olvidadas. He pensado bastante en ello, en los grifos abiertos, en las lluvias torrenciales y en los cuentos que nos mantienen en pie y en las fiebres que vienen y van, en mi afortunado lugar en el mundo y en todo lo que me falta por hacer. Y creo sinceramente, con el optimismo por bandera que acaba otorgando la experiencia, que las fuerzas cósmicas y los sistemas complejos conspiran a mi favor. Y lo que yo identificaba como apatía permanente o fin de una etapa era solamente un punto y seguido, un descanso en el camino, una barrera invisible mas no irrompible que me mantenía lejos, -pero nunca más-, lejos de la India.


Posted in Sin categoría

LEGAJOS (XV). Adiós a la «Solfa»

21 de marzo de 1945  folio 16

Se dio cuenta de escrito del director de la Banda Muncipal comunicando que con fecha 1 del corriente mes y año ha causado baja definitiva en la expresada agrupación el músico de segunda don Pedro Sanahuja Altés, por haber tenido que reincorporarse al ejército. 

Sesión de 21 de marzo de 1945. Preside: Teodoro Fuster Arpal

Posted in Sin categoría

Mi abuelo Antonio

Apenas sé nada de mi abuelo; unos pocos detalles que me contó mi padre, otros que me facilitó un buen amigo de la infancia, y la información proporcionada por dos libros donde se comentan recatadamente pequeños resúmenes de su biografía así como de su trágico final: “Los héroes y mártires de Caspe”, escrito por Sebastián Cirac, y “Caspe. Combatiente, cautivo y mutilado”, de Fermín Morales.

Mi padre tampoco pudo aportarme mucho, ya que el abuelo murió cuando él tenía solo nueve meses, y Florentina, su mujer, mi abuela, que falleció cuando yo tenía ocho años, prefería guardar su recuerdo en silencio. Solo estuvieron casados unos pocos años, porque la guerra los separó al poco tiempo y para siempre.

Mi abuelo Antonio

Mi abuelo se llamaba Antonio Albesa Cebrián, era hijo de Joaquín Albesa Buenacasa y de María Cebrian Lacruz. Vivían en La Muela, la zona más antigua del pueblo, pegada al Barrio Judío, donde supuestamente nació San Indalecio y junto a la ermita que lleva su nombre. Tenía cuatro hermanos: antes que él estaba Joaquín, nacido en 1905; luego mi abuelo, de 1908, y después les seguían José, María y Vicenta.

Una vez finalizados sus estudios, junto con su padre y su hermano Joaquín se estableció como mecánico en el pueblo, con un subordinado a su cargo (que en su momento será el causante de su muerte, al delatarlo a los milicianos). Años más tarde, me contó mi padre, este hombre quiso regresar del exilio, y su hermana fue a pedir perdón, de rodillas, a los familiares que seguían vivos. Mi padre, de corazón noble y con facilidad para olvidar, le perdonó, pero hubo otros parientes que no pudieron hacerlo y le dijeron, literalmente, que ellos no perdonaban, que cargase con ese crimen el resto de su vida y que por allí no volviese.

Pero este no es un relato de venganza, solo de recuerdo y añoranza, así que dejaremos a este señor de lado en nuestra historia.

Durante la Guerra Civil mi abuelo eligió un bando, da igual cual. Lo relevante es que fue delatado cuando salió de su escondite y eso le costó la vida. Da igual que ideología lo mató, porque todos los soldados hacían y hacen lo mismo en todas las guerras: llevarse por delante al enemigo, a todo el que consideran capaz de luchar contra ellos. En un edificio de la Glorieta de José Besteiro, cayeron asesinados todos los varones de una familia, salvo uno que tenía problemas psíquicos.

Cuando los del bando contrario a mi abuelo tomaron Caspe, mi familia se escondió en una casa cercana, la de Juan Barriendos, hasta que decidieron salir, ya que no querían comprometer a sus amigos. El tataranieto de uno de los que los acogieron asegura que su abuela recordaba cómo mi padre pedía constantemente el chupete, entre sollozos. El Chupón llamaban a mi padre por este motivo.

Mala idea la de salir, lo trincaron por las calles y lo apresaron, y junto con el resto de los detenidos, lo llevaron al cementerio, donde les obligaron a abrir su propia fosa…

Qué aberración… Dios mío…

¿Qué debió pensar Antonio mientras cavaba?

Supongo que tendría miedo; yo lo tendría… Supongo también que tendría ansiedad, que le sudarían las manos… Que le costaría respirar… Imagino que su corazón palpitaría como un loco por la tensión… Qué horror…

Supongo que ese rato se hizo eterno e infinitamente corto a la vez.

No lo digo porque fuera un cobarde. Todo lo contrario: fue un valiente. Un hombre de honor. Pero cuando tienes a otro ser humano convertido en bestia apuntándote con un fusil a la cabeza y sabes que tu tiempo está contado, intuyo por lógica que el temor se apodera de uno. Todos sabemos que vamos a morir, pero por suerte no sabemos cuándo, y eso nos da paz y confianza.

Antonio lo sabía: media hora…una…sabía que la suerte estaba echada y las cartas que le habían tocado en el reparto estaban a punto de estallarle encima como una bomba de relojería…

Se comenta por otros escritos, cuyo autor desconozco, que él y sus compañeros de infortunio sufrieron vejaciones en vida y en muerte, pero como este texto lo va a leer mi padre, es decir, el hijo de mi abuelo, no quiero crearle un daño innecesario.

Solo apunto pues el resumen: que su muerte, la muerte de mi abuelo, además de programada fue sucia y cruel.

Ya debería haber sido bastante tortura saber que vas morir, pero las guerras sacan lo peor de los hombres: solo sirven para legitimar el sadismo y el odio. Las ideas políticas y su defensa no merecen que se gaste por ellas una sola vida. Ninguna.

Una mujer me contó que, siendo niña, en esos primeros días de guerra la sangre corría por los márgenes de las aceras igual que corre el agua cuando llueve. Supongo que se refería a los fusilamientos.

Qué suerte hemos tenido los que llegamos después, que nos hemos librado y no nos ha tocado vivir directamente ese horror; aunque, por otro lado, sí hemos vivido indirectamente sus secuelas: mi padre se crió sin el suyo, mis hermanos y yo nunca conocimos a nuestro abuelo, mi abuela perdió a su marido… De una familia de tantos hombres, incluyendo hermanos y primos, solo quedó mi padre y su tío José.

Tras ser ocultado junto a su hijo en casa de unos vecinos, mi abuelo decidió salir a descubierto, quizá para no comprometer a su hijo y a la familia que lo acogía, o quizá porque pensó que no corría peligro. Por desgracia, le apresaron.
Mi abuelo Antonio pudo haber salvado la vida, pero no quiso: estaba ya montado en el camión de los que llevaban al cementerio a “pasear”, se acercó uno y dijo: «Antonio Albesa, que baje, que “fulanito” le perdona la vida». Mi abuelo contestó: «No voy a ningún sitio sin mi hermano». Y como a su hermano no le «indultaron», no quiso dejarlo sólo y no se bajó del camión.
Ese fue mi abuelo: ¿un héroe, un valiente por no abandonar a su hermano, o un necio por dejar a su hijo y a su joven esposa solos ante la vida? Cruel duda, ponte tú en su lugar e intenta decidir con cordura mientras los segundos se escapan como el agua entre los dedos cuando intentas capturarla con las manos abiertas…

Madre mía… Mi abuelo debió pensar en algún momento que todo lo que se paseaba ante sus ojos era puro disparate; que en realidad estaba soñando, que todo aquello no podía estar pasando de verdad, que se estaba volviendo loco, o qué sé yo…


También he pensado alguna vez que su hermano Joaquín, mi tío, podía haberlo obligado a bajar, aunque hubiera tenido que darle un golpe para que se desmayase, y así habría tenido la oportunidad de luchar por su mujer y su hijo…

Yo qué se. A saber qué pasó en realidad y cómo.

Qué hubiera hecho yo… Tic tac, tic tac… Se acaba el tiempo. Decide ya…

Me lo imagino carcomido por la ansiedad mientras cavaba con aquella maldita pala la tierra seca y dura del cementerio, aquel terrible 25 de julio de 1936.

¿ Tendría todavía alguna esperanza? Quizás, quién sabe, alguien apareciese en el último momento con orden de no matarlos; o quizá hacerles cavar la fosa era sólo para asustarlos y jugar con sus mentes, torturarlos psicológicamente, y luego les soltarían. Quién sabe.

Sus últimos segundos de vida, al sentir el cañón del arma ronroneando por su nuca o frente a su pecho, como un gatito travieso juega con un ratón. ¿Debió de temer la realidad? ¿Lo que estaba por llegar?

¿Cuáles son los pensamientos que se cruzan por la mente de un ser humano cuando por fin es consciente de que va a morir? ¿Acaso es como si alguien con una voz suave y penetrante te susurrase cosas al oído que, lejos de calmar tus nervios, te suenan metálicas en la garganta agregando más agonía a lo que ya te espera? Sobre todo cuando te das cuenta que esa voz es la tuya, y de que lo que está gritando desde el silencio es: «me van a matar… me van a matar…»

Supongo que mil pensamientos debieron agolparse en su cabeza, quizás dando coba una y otra vez a esa golfa traicionera que es la esperanza, que burlonamente se empezaba a asomar de nuevo ante lo obvio. Quizás el arma tiemble en manos del verdugo y su conciencia no se lo permita…

Quizás esto… Quizás eso… Quizás lo otro…

El resultado, imagino, se debió ver reflejado en una locura ansiosa derivada de un vaivén de sensaciones entrecruzadas que no acababan nunca hasta dar lugar a una montaña rusa emocional. Me imagino el sudor cayendo por sus sienes y su espalda, y en su cabeza, enganchado, un bucle de apenas unos microsegundos de duración pero donde se repiten alternándose hasta el infinito una lucha interna donde esperanza y realidad pelean enfrentadas por hacerse un hueco…

– Me van a matar… me van a matar…- debía estar diciéndose mi abuelo todo el rato, una y otra vez sin poder evitarlo, como si de un poderoso salmo o un mantra que cuantas más veces y más enfebrecidamente repites sirviese para poder así tornar su significado.

Suena el sonido metálico de los cerrojos metiendo las balas… Clínk!! Clink!! Clink!!

Aún queda tiempo para seguir consciente…
Se escuchan los rezos y lamentaciones del resto de los que comparten tan infausto destino.
– Padre nuestro…
– ¿Porque yo?
– Perdóname…

Bang!! Bang!! Bang!!

El arma esta tan cerca que puede sentir como su presencia le quema la nuca…

Ni siquiera sé si le vendaron los ojos…

Antonio nota por un momento detalles mínimos, casi anecdóticos, como por ejemplo que su  pelo huele ligeramente a perro mojado por la lluvia que ha caído al mezclarse con su propio sudor. Y mientras la bala atraviesa el cráneo o revienta el corazón implosionándolo, quizás, solo quizás, mientras el cuerpo aún cálido cae por inercia sobre el trozo anónimo de zanja oscuro que a partir de ahora lo envolverá con en un compacto abrazo…

Quizás…

Quizás entonces le dio tiempo a Antonio de volver a escuchar ese silencioso grito cargado de angustia en su cabeza: «Me van a matar, me van a matar»

Me van a matar…

FIN

Dedicado a mi padre.

Carmen Albesa Maza

Posted in Sin categoría

Ese Caspe del ayer: El sereno

Las Ordenanzas Municipales de 1852 dictaban las obligaciones del sereno, servidores públicos que paseaban las calles  de madrugada. Entre sus cometidos: «Limpar las farolas, encenderlas y apagarlas, anunciar cada media hora la que señale el reloj de la villa y el estado de la atmósfera, impedir ruidos y atropellos a las personas y casas, y recorrer en el término expresado su demarcación anunciando la hora al pie de cada farola».

Era un oficio exigente y normalmente bajo sospecha. En sus Anales, Cacho y Tiestos se hace eco de una advertencia del Ayuntamiento según la cual «si hay luces apagadas, que son de aceite, se les descontará el sueldo de dos o más días según la gravedad del caso». Pues vaya.

Modesto

Posted in Sin categoría

Recordando a SANCHO BONAL (y II)

El semanario local «El Guadalope» abría su edición del 21 de mayo de 1922 con un artículo laudatorio hacia la figura de Leonardo Sancho Bonal, con motivo de su jubilación. Un banquete en la casa de Latorre, «pródigo en abundancia, delicadeza y acierto», sirvió para que la flor y nata de la burguesía caspolina homenajeara al viejo doctor, autor también de una «interminable lista de sonetos, poesías serias y festivas, artículos periodísticos (…).

Es muy posible que en ese homenaje recibiera esta meritoria talla, que guardaba en su despacho uno de sus nietos, ya fallecido, y actualmente su viuda, a quien agradecemos su colaboración.

Sirvan estas breves palabras para recordar a un médico caspolino, de cuya muerte se cumplen este 2018 nueve décadas.

Modesto

Posted in Sin categoría

Respuesta al Sr. Domenech

El 19 de septiembre recibimos carta del Presidente de la Comarca Bajo Aragón-Caspe en la que nos denegaba el servicio de los voluntarios de Protección Civil.

Transcurrido un mes, queremos contestarle con la atención que merece

 

Posted in Noticias

Poesía a Caspe

Adiós mi Caspe querido,
adiós mis ríos que os bañan,
adiós mis montes y valles;
adiós mis balsetes de agua
que, cuando yo llego sediento
en medio de aquella calma,
dejáis sumergir mis manos
en vuestras tranquilas aguas,
y llenar mis cantimploras
con aquellas mismas ansias
que un perdido en el desierto
que no encuentra gota de agua.
.
Y me alejo de vosotros
sin daros aún las gracias.
Todo esto no sé qué tiene,
ni tampoco mi nostalgia;
pero cuando yo me alejo 
de ésta mi pequeña Patria,
mi cuerpo parece autor
de un gran crimen por venganza.
Y estando por esas tierras
donde el destino me manda,
nunca miro lo que hago
ni nada me importa nada.
.
Soy como el legionario
que, en una cruel batalla,
con la sonrisa en los labios
de su trinchera se lanza,
creyéndose invulnerable
contra el plomo y la metralla. 

Jesús Jiménez

Publicado en la revista Aula Antigua, Grupo Cultural Caspolino, 1989

Posted in Caspolinos por el mundo