Asumimos este reto aún sabiendo que va a ser difícil, sino imposible, hacerte una pregunta original, que no te hayan realizado en estos últimos 25 años. Apelamos a tu generosidad y a tu paciencia, de entrada, para aceptar las preguntas obligadas y las que un ligero análisis del mundo actual nos sugiere.
En primer lugar, mi más sincera felicitación por tu reciente maternidad. Es tu tercer hijo. Permíteme preguntarte, con los agobios de un padre primerizo, ¿cómo lo haces? ¡A mi no me da la vida!
La verdad es que tengo mucha suerte por la logística en la que vimos. Tengo a mi madre justo encima de nosotros y además una chica que me ayuda en todo, especialmente con los pequeños. Además tengo un marido completamente volcado tanto en el cuidado como en la educación de nuestros tres hijos. Así todo es mucho más llevadero. 
Confieso que soy de esas personas que creen que no hay poder más grande en esta vida que saber perdonar. El Perdón tiene un efecto curativo incuestionable. “El odio solo hace daño a quien lo siente”, has dicho en alguna ocasión. Y es muy cierto. Pero es que no es lo mismo perdonar un insulto, una traición, un engaño, que perdonar que te cercenen las dos piernas, que te roben la infancia, que te pongan al filo de la muerte, que mutilen a tu madre… ¿De verdad nunca has tenido un sentimiento de odio a quienes os hicieron semejante salvajada?
Afortunadamente no dejé entrar a ninguno de esos sentimientos negativos, que sé que son la verdadera condena. Es verdad que mucha gente puede pensar que lo que nos hicieron es difícil perdonar, pero creo que quizás es mucho más difícil perdonar una traición, porque es más doloroso que alguien en quien confías te haga daño, a que te lo haga alguien que ni conoces. Definitivamente todo depende de cómo vemos las cosas. Pero lo principal es sentirse bien con uno mismo y eso a veces sólo se consigue perdonando.















Debe estar conectado para enviar un comentario.