Cuatro mil razones para viajar

Tal vez no les resulte relevante, y lo más probable es que les importe un comino, pero deberían saber que este texto está concebido, casi en su totalidad, en unas condiciones lamentables, encajonado entre guiris y mochilas quechua en la parte de atrás de una pequeña furgoneta camino a las ruinas mayas de Tikal. El débil aire acondicionado del vehículo apenas logra aliviar el agobiante calor de esta parte de la selva Guatemalteca. Ayer dormí poco, igual que anteayer; he dejado de sentir casi todo mi cuerpo y ya llevo ocho horas acumuladas de bus en una serpenteante carretera plagada de baches. Para colmo, el conductor, que debe estar tomado o es claro aspirante a correr el Rally Dakar, inspira de todo menos confianza.

Sí, tienen razón, en ocasiones como ésta uno también se pregunta por qué viaja.

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Y la respuesta a ésta cuestión que me asalta más de lo deseado, analizándolo fríamente, si es que eso es posible, no es sólo una. Sino, como el mismo nombre de este artículo indica; son cuatro mil. Ni tresmilnovececientasnoventaynueve ni cuatromilyuna. Cuatro mil respuestas. Todas válidas. Todas igual de importantes. Ni una más, ni una menos.

Pero antes de entrar en materia, abandonemos esta irrespirable caja de zapatos con ruedas y cambiemos de continente. Volemos a los espacios abiertos de Oriente, dirección ultramar, y recorramos a vista de pájaro la deprimida Europa y esa región maldita que llaman Oriente Medio hasta vislumbrar la siempre sugerente y evocadora Asia, y para ser mas exactos, imaginemos por un instante que nos adentramos lentamente en el corazón del cada vez menos inexplorado sudeste asiático.

En la frontera entre Laos y Camboya, el inabarcable río Mekong se ensancha justo antes de ejercer de frontera natural entre los dos países. En el lado Laosiano, la profundidad del río decrece y del fondo surgen multitud de islas fluviales. unas 4000 mil, más o menos, dependiendo de las lluvias de ese año, siempre según los lugareños, que presumen de vivir en una de las zonas más fértiles y tranquilas de Asia.

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Llegué a Si Phan DonAKA las cuatro mil islas, en una situación similar a la que ahora me encuentro. Un viaje pesado y duro que parecía no terminar nunca. Viajaba junto a Nicole y Adam, una pareja de médicos suizos que trabajaban en el departamento de enfermedades infecciosas de un hospital de Singapur, y con Mickel,  un alemán rastafári que estaba recorriendo mundo a base de mucho ahorro y todo tipo de trabajos esporádicos. Nos habíamos conocido en otro maratoniano trayecto en bus que, como no podía ser de otra manera, se había alargado más de la cuenta.

Aquella tarde dimos un paseo con la intención de salir de la isla principal, Don Det, para visitar Li Phi, una de las más famosas cataratas que podemos encontrar en la zona. Sin embargo, nunca llegamos a las cataratas. En su lugar nos entretuvimos cada dos por tres, como si fuéramos unos lugareños más, con cualquier excusa. Incluso fuimos invitados a una pequeña granja familiar de las muchas que pueblan las islas. Pasamos la tarde contemplando a la familia llevando a cabo sus quehaceres diarios: dar de comer a los cerdos, cuidar de las  gallinas, plantar cebollas, lechugas, pepinos, y comprobar pequeñas redes de pesca de las que de vez en cuando saltaba algún pez de tamaño considerable.

Más tarde, después de despedirnos de ésta familia tan amable, salimos a sentarnos en un palmera talada a orillas del río Mekong. El sol se dejaba caer perezosamente sobre una pequeña pradera salpicada por palmeras, mientras un grupo de búfalos de agua pastaban alrededor de un pequeño y humilde templo budista. Y con una cerveza en la mano pasamos un buen rato contándonos nuestras vidas y llegando a alguna que otra incómoda conclusión y a más de un callejón sin salida. Se nos fue el santo al cielo y las cataratas de  Li Phi cayeron irremediablemente en la lista de cosas pendientes para el día siguiente.

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Y aquí es donde comienza el verdadero relato de viaje y el punto centrífugo al que llevo tanto rato dando vueltas. Los búfalos habían desaparecido uno a uno, la noche cerrada estaba a punto de caer definitivamente sobre las cuatro mil islas y, siguiendo con nuestro estado de empanada mental general, no sabíamos cómo volver a nuestra isla base, Don Det. 

Mickel fue el primero en percatarse de que la noche se nos había echado encima. Yo miré a Adam y Nicole encogiéndome de hombros. En ese momento, como caída del cielo, una pequeña lancha a motor apareció desde la línea del horizonte precedida por un intermitente ruido de motor. La lancha aminoró bruscamente la marcha y se acercó a pocos metros de nosotros. De la  pequeña embarcación empezaron a descender un grupo muy heterogéneo de monjes budistas en fila de a uno. Los novicios más jóvenes ayudaban a los más veteranos, que descendían perfilados por una suerte de luz anaranjada, a caballo entre la noche y el día, y se dirigieron con una naturalidad de los más rutinaria al pequeño templo que quedaba a unos veinte metros de la orilla.

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En ese momento, mientras yo andaba embelesado y tratando de que mi precaria memoria no perdiera detalle de lo que ocurría ante mis ojos, Adam, que era el más avispado del grupo con diferencia, se levantó cómo un resorte y apeló al dueño de la lancha con dos simples palabras: Don Det!!, Don Det!!. El pescador soltó una carcajada contagiosa y asintió varias veces con la cabeza, al tiempo que hacía aspavientos en el aire que nos invitaban a subir a su lancha.

Y así, con esta maravillosa casualidad, encontramos la manera de volver a nuestra isla.

La furgoneta de camino a Tikal parece deshacerse definitivamente del sinuoso camino de cabras y se adentra en un pequeño pueblo de calles sin asfaltar y casas de hormigón. El polvo brota del suelo movido por un viento fresco y húmedo. Los carteles de Pollo Campero, las iglesias evangelistas y las vallas publicitarias de Coca-cola anuncian la llegada a la civilización. Los puestos callejeros de tacos y pupusas emanan un humo denso y dulzón que resucitaría a un muerto. Poco a poco mis huesos despiertan de su letargo. Por fin se puede respirar. A lo lejos resuenan los claxons mezclados con la cadencia de una bachata. Al parecer, dos autobuses tuneados con luces de neón han provocado un pequeño atasco que nos demorará unos minutos más. Entre el barullo que se ha montado diviso un muelle y un pequeño puente corredizo. La casualidad de otra isla que nos espera al otro lado me recuerda a Si Phan Don, y de paso el por qué viajo. En ese momento pienso en una isla, pero no en Don Det, ni en Phi Phi, ni en ninguna otra isla entendida desde un punto de vista físico y tangible. En su lugar pienso en todas las islas que no se ven, en aquellas que me esfuerzo en recordar y escribir, en las que aparecen como meras casualidades y acaban brillando como un fuego artificial en medio de la oscuridad, en las que me esperaron pacientemente agazapadas en el lugar menos pensado y con la excusa más peregrina.

Puede ser la brisa nocturna y las miradas cómplices navegando el río Mekong con unos íntimos desconocidos, puede ser el estremecimiento colectivo al contemplar Machu Pichu en todo su esplendor, o la inmensa tranquilidad que proporciona dar un paseo en bici a seis mil kilómetros de casa y que todo el mundo te salude amablemente, o ese primer momento de apuro al nadar entre tiburones gato; otras veces puede ser algo más trivial, como contar chistes mientras esperas a un tren que nunca llega, o terminar aquel libro colgado de una hamaca deshilachada, compartir historias para no dormir y unas chelas con unos bravos mexicanos; el descubrimiento de que puede existir un templo vacío en el mismo centro de Bangkok, unas mañanitas del rey David un veinticinco de noviembre, la avería de la puñetera moto, lo sabía, y aún así lo dejé pasar, o simplemente el raro y no siempre valorado placer de permanecer en silencio mientras contemplas a tus pensamientos perderse con las olas del mar. Por supuesto, Adam, Nicole, Mickel, Emilio, Josico, Khim, Lorea y Tais son islas insumergibles que se erigen majestuosas en mi cuaderno de bitácora particular. Todas esas personas y esos momentos, todas esas minúsculas pero a la par cruciales sensaciones que se cruzan azarosamente en mi camino, son islas. Si me paro a pensarlo, dependiendo de las benevolencia de los tiempos, sumarán unas cuatro mil. Cuatro mil excusas para salir de mi zona de confort. Cuatromil significados de la existencia. Cuatromil razones por las que este mundo debe valer la pena. Cuatromil razones para viajar.

Alejandro Giménez Robres

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