El pesaje de los niños en Lituénigo

Lituénigo, una pequeña población en la comarca de Tarazona y el Moncayo, celebra a finales de septiembre sus fiestas patronales en honor a San Miguel Arcángel. Entre los actos habituales, siempre el último domingo del mes, existe una curiosa tradición que ha sido declarada Fiesta de Interés Turístico de Aragón. Los protagonistas son los niños de menos de un año, desgraciadamente infrecuentes debido a la imparable despoblación.

Generación tras generación, los vecinos de Lituénigo pesan con trigo a los niños. Fuente: www.patrimonioculturaldearagon.es

Pero aunque en Lituénigo cada vez hay menos gente, todos los que tienen que ver con el pueblo, los que están y los que ya no, los que solo vuelven de vez en cuando e incluso los que desean mantener una relación basada en la simpatía o la admiración, se citan cada año enfrente de la iglesia de la Purificación de Nuestra Señora para participar del llamado “pesaje de los niños”. Según la documentación estudiada, se trata de una celebración que se remontaría al siglo XVII y ha marcado la vida de todos y cada uno de las vecinas y vecinos de la localidad, orgullosos de haber sido pesados por sus padres y, a su vez, haber pesado a sus hijos y visto como pesaban a sus nietos.

El acto del “pesaje” se celebra a las puertas de la iglesia.

Como muchos actos tradicionales, este también se asienta en una leyenda. Un matrimonio del pueblo que no podía tener hijos fue hasta Tarazona para contarle el problema a un primo suyo que era fraile. Fray Matías de Lituénigo, que así es como dice la leyenda que se llamaba, dijo a sus familiares que no se preocupasen, que tendrían un niño sano y fuerte, pero que debían encomendarse a San Miguel y  a la Virgen del Río. Por eso la pareja prometió que, si se cumplía el designio, pesarían al recién nacido y ofrecerían a las santidades tantas talegas de trigo como kilos pesase el bebé. El niño nació un 29 de septiembre, día de San Miguel, y los padres cumplieron la promesa el mismo día del año siguiente. Así, con las siete fanegas de trigo que pesó aquel niño, comenzó la tradición.

Hay quiénes miran más allá de la tradición popular y buscan en los legajos que han resistido el paso del tiempo una razón contrastada con la realidad para explicar el “pesaje”. Apuntan a un tributo recogido en un documento de 1295, por el que los vecinos de distintas poblaciones de la zona tenían que pagar siete caíces y medio de trigo para el sustento de los sacerdotes, como posible origen de la celebración. Pero no es más que una hipótesis. En realidad nadie sabe a ciencia cierta por qué se pesa a los niños con trigo en Lituénigo.

Nadie sabe a ciencia cierta el origen del acto. Fuente: turismodearagon.com

Frente a la incertidumbre del origen está la certeza del ritual. Durante décadas se han mantenido los mismos actos en el mismo orden. Antaño estaban comandados por los integrantes de la cofradía de San Miguel. Eran los encargados de elegir a los “mayordomos” que llevarían el peso de la fiesta. Pero, de nuevo, la falta de vecinos ha obligado a que el Ayuntamiento se haya hecho cargo de la organización. Ya no existen los “mayordomos” con todas sus atribuciones del pasado, pero cada año se hacen cargo de parte de aquellas tareas distintas personas para que, al menos en lo visual, nada cambie.

Lo primero que han hecho siempre los mayordomos, al mediodía del último domingo de septiembre, ha sido ocuparse de recoger la “llega”.  Ellos son los que portan los capazos de  esparto en el que todos los vecinos del pueblo echarán su parte de trigo. Antes, en la mayoría de las casas habían cosechado ese cereal. Ahora son pocos los que lo recogen en sus campos. Aún así, no hay litueniguero que no salga a su puerta al escuchar el sonido de la charanga para echar al capazo el trigo que llena su plato o fuente. Es su aportación a la fiesta, para que no falte trigo con el que pesar a todo niño o niña al que sus padres quieran sumar.

Todos los vecinos aportan su parte de trigo. Fuente: esmoncayo.com

Media hora después de comenzar la “llega” llega el momento más esperado. Frente a la puerta de la Iglesia, dos mayordomos despliegan la balanza romana tradicional con la que se realiza anualmente la ceremonia. Es una pieza de museo, pues se puede ver todo el año en la planta baja del muy próximo Museo de la Labranza. Se cuelga de un palo apoyado sobre los hombros de los dos voluntarios. A ambos lados, en el lugar del peso, dos capazos de esparto. En uno irá el niño o la niña, en el otro el trigo que les pesará. Los resultados del pesaje de cada criatura se guardarán para siempre en el libro de la Cofradía de San Miguel.

Pesaje del bebé. Fuente: Fuente: esmoncayo.com

Los padres esperan expectantes, con sus bebés en brazos, al final de la plaza. Para que no haya apreturas, ahora que la fiesta despierta tanta expectación, unas filas paralelas de vallas les abre el camino. La emoción se dibuja en sus rostros mientras recorren los pocos pasos que les separan de la balanza. Hoy en día suelen ser hijos de descendientes del pueblo o de personas de localidades cercanas que no quieren dejar perder la tradición. Incluso, desde que fue declarada Fiesta de Interés Regional, muchos que no tienen nada que ver con Lituénigo se interesan por participar en la tradición.

Cuando los padres dejan al niño en el capazo, los mayordomos comienzan a llenar el otro de trigo hasta que el peso se iguala. Detrás de la balanza, los familiares del pequeño o pequeña miran expectantes. Todos quieren esa foto en la que el niño o la niña observa lo que le rodea con los ojos bien abiertos, hundido en el esparto, mientras por detrás la emoción embarga los rostros de padres y abuelos.

Camino del pesaje. Fuente: esmoncayo.com

El ritual no acaba aquí. Finalizado el pesaje, todo el trigo utilizado se deposita en el atrio de la iglesia para su subasta. Las pujas se realizan en “tantos”. El que apuesta cruza la plaza hasta donde espera el palo de la balanza. El último que haga ese recorrido, ganador, se quedará las llaves del pórtico del templo. Para los que acaban de pesar a su hijo esto es todo un honor, y por eso suele llegarse a cantidades imposibles que convierten al trigo de Lituénigo en el más caro del mundo. Todo el pueblo despide con aplausos al triunfador, que tiene todo un año para pagar la cantidad pujada, el mismo tiempo que sus antepasados tenían para volver a sembrar y devolver el  trigo que se llevaban.

Es curioso. Cuantos menos habitantes tiene Lituénigo, más niños se pesan. La fuerza de la tradición mantiene vivo el pesaje de los niños, más allá de su origen geográfico, como un tesoro común que todos hemos de resguardar.

La identidad de Aragón

 

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