Recuerdos de Cauvaca

Carmen es la pequeña de los cuatro hijos de Manuel Samper y Manuela Fillola. Y la única que vive. Nacida en 1928, antes que ella lo hicieron Manuela, casada con Joaquín Catalán el frailero, Manuel, casado con Carmen Buisán la montañesa y Francisco, casado con María Dolader la platera. Con los achaques propios de la edad, Carmen se acerca con paso quedo a los noventa años de existencia. Lejos, muy lejos quedan ya los años de juventud, aquella posguerra en la que de la necesidad se hacía virtud. Cuando le pregunto por Cauvaca, la cara se le ilumina, brotan los recuerdos y las palabras regurgitan en su garganta.

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Vivíamos en la Herradura. Mi padre era nacido allí. Cuando acaba la guerra, la tía María convenció a mis padres para que marcháramos a Cauvaca, a una torre que había quedado vacía, pues los medieros habían marchado para abajo cuando la guerra y no volvieron. Mi tía, hermana de mi madre y mujer de Mariano Sancho, el único hermano varón de las piqueras de Cauvaca, decía que la uva salía mucho más buena allí. Así que nos instalamos. El amo de la torre y de las tierras de alrededor era Alejandro Miguel. Iba siempre a medias con mi padre. Conforme nos íbamos casando nos íbamos marchando al pueblo, pero mi hermano Francisco se quedó allí, con su mujer y su hijo, hasta que vino el embalse.

Carmen y más familiares, en el pontón

Con mi hermano Francisco iba a Peñalba a vender el recao que hacíamos en el campo. Llenábamos el carro a tope; solo dejábamos el sitio de sentarnos. Nos costaba cinco horas llegar. Eso sí, a veces se hacía duro el viaje. Recuerdo una vez, sería diciembre, con muchísimo frío. Mi hermano iba tapado con la manta y yo pegada a él, heladica. Al final me atreví a decir: “casi podíamos volver… Y me suelta: “¿Cómo que volver? ¡De eso nada!”. En Peñalba nos quedábamos a dormir en una casa de confianza y volvíamos a Cauvaca al día siguiente, con el carro vacío pero con el doble de dinero que nos hubiéramos sacado aquí.  

Romería a San Bartolomé. Escuela, ermita y casa del ermitaño. Año 1960

El día de San Bartolomé era tremendo. Venían los familiares de Caspe y aquella alameda se quedaba pequeña. Era muy habitual disfrazarnos. Una vez fuimos al Ramblar, a lo del pajero, yo con pantalón y boina. Mi padre siempre me decía: “hay que ver qué bien te cae, que pareces un chico!”. Y unos bailes tremendos. De camino se oía: “¡Ramón, toca la acordeón!”, y venga a bailar todo el mundo.

También en Navidad montábamos buenas fiestas. Pasábamos de torre en torre a felicitarnos. Siempre íbamos a la torre del tió Antonio Bonastre, que era vecino, y le cantábamos así:

A la puerta del tió Antonio

venimos a cantar,

porque sabemos que tiene

pernil para empezar.

Nosotros teníamos especial amistad con nuestros primos Mariano, Consuelo, Pedro y María, a los que llamaban los cachirulos, por su padre, el tío Mariano, que iba siempre con el cachirulo en la cabeza.    

Tres parejas, festejando en Cauvaca. Joaquín Borraz y Rafael Barriendos, Pedro Sancho y Vicenta Borraz; Emilio Centol y Carmen Samper

Todos los días del mundo manejaba mi hermano Francisco el pontón. Y mi padre. Para ir a cazar al Soto, que en cuanto podía se pasaba; para pescar, para pasar fiemo de un lado al otro del Ebro. Recuerdo la maniobra de

pescar; recuerdo ir con mi padre y ver cómo ponían el tresmal, y al día siguiente, iban a buscarlo y a ver qué se encontraban. Había que quitarlo con mucho cuidado, para que no chocaran los plomos.

Carmen Samper Fillola

Extracto del libro Cauvaca. El paraíso perdido

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