El Convento de Gotor

Construido sobre la antigua ermita de Santa María Magdalena, junto a la población de Gotor, en el valle del río Aranda, fue fundado por Jaime Martínez de Luna (descendiente y heredero del dominio y del linaje de los Gotor -Gotor e Illueca- cuyo primer representante fue el ahijado de Jaime I e hijo del rey moro de Mallorca Said ben Alhakem, convertido con el nombre de Jaime de Gotor, linaje al que pertenecía D. Pedro Martínez de Luna, Benedicto XIII, más conocido como el Papa Luna; el verdadero artífice, por otra parte, del Compromiso de Caspe) poco antes de su muerte en 1519, después de que hubiera sido virrey de Cataluña (como nos dice el dominico Francisco Diago en su “Historia de la Provincia de Aragón de la Orden de Predicadores” de 1599) – aunque la terminación, al menos, de la iglesia actual corresponda a un periodo posterior, con elementos propios ya del barroco, s. XVII -, el convento dominico de Nuestra Señora de la Consolación representa un conjunto conventual que destaca, sobre todo, por sus grandes proporciones (casi 3.000 m 2; 58 por 47 m.), de planta rectangular, formado por una iglesia monumental y un claustro de planta cuadrada adosado que actuaba como centro distribuidor del resto de las dependencias. El lado Norte ofrece al exterior siete voluminosos contrafuertes que realzan aún más el carácter de auténtica fortaleza. No en vano, según señalan algunos arqueólogos, la idea original, quizás, no fuera la construcción de un convento o monasterio, sino la de un castillo-palacio o fortaleza a modo de alcázar que hubiera servido también como panteón familiar de los Luna, uno de los motivos de su construcción. La cabecera de la nave de la iglesia es recta, compartiendo muro de cierre con uno de los torreones del que hubiera sido el castillo, cuyo interior se compartimentó para alojar dos capillas y la sacristía, comunicada con la iglesia mediante accesos de medio punto.

Convento dominico de Ntra. Sra. de la Consolación, en Gotor (Zaragoza). Fachada renacentista de la iglesia.

Convento dominico de Ntra. Sra. de la Consolación, en Gotor (Zaragoza). Fachada renacentista de la iglesia.

La construcción se realiza con piedra arenisca de rodeno de la zona, lo que le da su particular tonalidad rojiza que lo integra completamente en el paisaje, utilizando la piedra sillar en los ángulos, contrafuertes y marcos de los vanos y en el resto la mampostería. La cantera de esta piedra bien pudo ser fácilmente el poblado celtíbero situado a tan sólo unos 500 metros del lugar. En un principio estaría todo el conjunto enlucido con yeso y pintado con cal, lo que le haría destacar sobremanera en todo el valle. Aquí encontró refugio Antonio Pérez, secretario de Felipe II, en su huída de Madrid, acogiéndose a los Fueros de Aragón, al tener ascendencia aragonesa (había nacido en Monreal de Ariza). El 20 de Noviembre de 1984 se publica la incoación del expediente para la declaración del convento de Gotor como Monumento Histórico Artístico por la Dirección General de Cultura y Educación; y desde el 21 de Noviembre de 2001 es también Bien de Interés Cultural.

               Custodiado por la orden de Santo Domingo hasta el siglo XIX, la primera aceptación del convento por parte de la Orden de Predicadores se obtiene en el Capítulo Provincial de Alcañiz en 1522, con los religiosos que aquí vivían. Ya en 1520 el cardenal dominico García de Loaysa, verdadero impulsor de la construcción del monasterio, le había proveído de 8 frailes y de una dotación de 1.100 libras. En 1523 se ratifica la aceptación en el Capítulo General de Valladolid. La casa es erigida en priorato, siendo su primer prior el beato Fray Juan Micó. Es incorporada a la Provincia de la Orden de Predicadores de los Padres Dominicos de Aragón, que comprendía las actuales Aragón, Cataluña, Valencia y Baleares. Aquí se impartían estudios de teología, arte, retórica y gramática. En 1656 el Capítulo General de Roma le concedió el título de Universidad con todos los privilegios. El periodo de esplendor del convento estará en los siglos XVII y XVIII. El 19 de Marzo de 1619 se encarga para su iglesia el retablo de la Virgen del Rosario por 2.000 sueldos; y el 30 de Noviembre de 1641 el del Santo Cristo por 3.000, obra del bilbilitano Pedro Virto. Según el libro “Ayer de la Provincia Dominicana de Aragón” escrito en los “albores del siglo XVII ”, en 1613 la comunidad tenía 24 frailes, de los que 10 eran sacerdotes, 6 profesores clérigos y 8 frailes legos, señalando que “tiene de todo, recibe de dinero 1.100 libras;  tiene pan y vino y aceite para 24 frailes, los cuales pueden muy bien sustentar”. La situación económica del convento era, pues, desahogada, debido a las clases que aquí se impartían y, sobre todo, a las tierras que poseía (una extensa huerta donada por Jaime Martínez de Luna junto al recinto conventual, toda ella tapiada desde los propios muros del convento, y otras propiedades -como indican muchos topónimos del lugar-, almacenes, eras, un molino de aceite e, incluso, sin duda, ganados).

La iglesia, en ruina progresiva

La iglesia, en ruina progresiva

 De entre los miembros de esta comunidad religiosa, dos figuras destacaron especialmente. La primera es la del propio Juan Micó, nacido en Albaida (Valencia) en 1492, primer prior del convento. Si bien sólo estuvo aquí dos años, siendo trasladado en 1525 a la Casa de Montalbán, quedaron para siempre sus ejemplos de trabajo, oración y vida sacrificada. Conocidos fueron los Vía Crucis en los que el padre Micó era portador de una gran cruz de madera, que posteriormente los frailes guardaron como preciada reliquia. Todos los domingos se realizaba en Gotor una solemne procesión dedicada al Rosario, de gran devoción en este convento. Micó encabezaba la procesión llevando esta pesada cruz. Fue famoso por sus piadosas puniciones, fustigándose con uno de los cilios mientras la portaba. La otra es la del beato Fray Alonso Valentín, natural de Almanzora (Castellón). Trasladado a Gotor en 1530, hizo de este pueblo su segunda patria. Fue maestro de novicios, Lector de Casos de Conciencia, Comisario de la Inquisición de Zaragoza (la orden dominica era la que proveía de comisarios a la Inquisición) y prior. Se distinguió como varón penitente, hombre de oración y propagó la devoción al Rosario por toda la comarca. Tras larga enfermedad y bajo los cuidados de la condesa de Morata, doña Inés de Mendoza, que le profesaba gran devoción, falleció en el palacio de ésta de Morata en 1564 a los 70 años. Como nos dice Francisco Diago, las crónicas de la época dijeron que un gran resplandor se produjo a su muerte. Los allí presentes, llevados por la devoción al santo, tomaron como reliquias trozos de su hábito. La misma condesa se quedó con la mayor parte para mortaja suya. Los restos mortales fueron trasladados desde Morata al convento de Gotor entre “resplandores y señales del cielo”. En 1584, en el provincialato de Fray Juan Martínez, se abrió su sepultura encontrando su cuerpo incorrupto, aun estando las tablas del ataúd podridas por la humedad; igualmente los hábitos se hallaron en buen estado y hasta el romero, con el que fue perfumado su cadáver, conservaba la flor.

Las razones de la construcción del convento de Gotor por parte del mecenazgo de Jaime Martínez de Luna pudieron ser, finalmente, dos. La primera, quizás, altruista, el propósito de evangelización, de ahí que se entregue precisamente a la Orden de Predicadores, en esta comarca poblada principalmente por mudéjares, y dada la existencia anterior, según parece indicar la documentación de la época, de una comunidad religiosa en este lugar. Y la otra, la de servir de panteón familiar en un lugar con culto permanente, como lo podía ser un monasterio. Antes, los restos de los Luna solían ser inhumados en las iglesias de Calatayud. La iglesia  del convento sirvió, pues, de panteón para los Luna y los condes de Morata hasta su traslado y venta de las propiedades a Madrid en 1670. Albergó los restos de su fundador Jaime Martínez de Luna y de su hijo, el primer conde de Morata, D. Pedro Martínez de Luna. Y no se escatimaron recursos, por ello, en su construcción, utilizando la piedra sillar en buena parte del edificio. En su iglesia, monumental, de nave única y bóveda de cañón con lunetos, pero con capillas entre los contrafuertes comunicadas entre sí, el presbítero está cubierto con una gran cúpula sobre pechinas, profusamente decorada, bajo la que se sitúa el panteón familiar de los Luna o tumba de nobles. Por el lateral izquierdo de la capilla mayor se hicieron unas escaleras de acceso a la cripta, situada bajo la cabecera, donde se enterraba a los monjes del monasterio. En los muros de esta estancia, de planta rectangular y bóveda de cañón, se practicaron 18 nichos para colocar los cuerpos . Se le dotó también, como cualquier iglesia, de una torre campanario, cuadrangular, de unos 60 metros, situada a los pies del templo (con una bellísima escalera de caracol tallada en la propia piedra), donde se levantó también el coro sobre una bóveda de arista, y se decoró toda la iglesia con bellísimas yeserías barroco-mudéjares (patrimonio de la Humanidad, pero en estado actual de abandono y ruina) y algunas pinturas murales.

Yeserías en la iglesia

Yeserías en la iglesia

La guerra de la Independencia marcará definitivamente el declive del convento. José Bonaparte suprimió las órdenes religiosas y todos los bienes fueron confiscados y pasaron a titularidad estatal. Tras la salida de los frailes los franceses vandalizaron el convento. A su vuelta el 7 de Junio de 1814  lo encontraron sin muebles, puertas ni ventanas (como nos dice el libro Historia de la Provincia de Aragón de la Orden de Predicadores del año 1819). Pero, en 1835 como consecuencia del decreto de desamortización se volverá a abandonar definitivamente, al establecerse la supresión de los monasterios y conventos de menos de 12 miembros. En este momento contaba con tres sacerdotes y dos hermanos. En 1843, durante el reinado de Isabel II, las dependencias conventuales (iglesia y convento) fueron cedidas gratuitamente por la Junta Superior de Ventas Nacionales al consistorio de Gotor para el culto y para instalar allí unas escuelas. Desde esta fecha, salvo el flanco sur del conjunto, (los antiguos dormitorios de los frailes) utilizado para escuelas y viviendas de maestros, médicos, practicantes o veterinarios, principalmente, el resto se fue deteriorando rápidamente.

               En el plano histórico-artístico, esta obra colosal del mecenazgo de los Luna representaba en el momento de su construcción, como dice el profesor Guitart Aparicio, una reacción antimudéjar en la ya tan mudejerizada cuenca del Jalón, empleando la piedra y no el ladrillo e incorporando elementos renancentistas  de la época y una estética tardogótica que se aplicó con gran elegancia. Sin embargo, el arco de su fachada de estilo renacentista no se librará de una rica decoración con yeserías mudéjares -tan características de toda la comarca del Aranda-, todavía hoy en parte conservadas, presentes también en otras zonas del convento, especialmente, como ya hemos indicado, en su iglesia. La fabulosa e impresionante estructura de la construcción del conjunto arquitectónico que representa el convento de Gotor asemeja, a todas luces, a un gran alcázar o un pequeño Escorial.

                                                                                                                                                                       Alberto Cimorra Sánchez
Abogado, es autor del libro “Mesones de Isuela. Dos mil años de historia”
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