Albareda Cantavilla, en el centenario de su muerte

Con independencia de que sean imaginados o reales, a veces los recuerdos se transmiten de generación en generación. Cuando son honestos -y hasta verosímiles-, resultan útiles para aproximarnos al verdadero conocimiento de cómo entendieron la vida sus protagonistas. En definitiva, que los afables chascarrillos de las biografía, a modo de relatos legendarios, nos permiten entender mejor el talante y el significado de las personas.
Detalle puerta Casa Consistorial. Archivo gráfico ABC-ASD

Detalle puerta Casa Consistorial.
Archivo gráfico ABC-ASD

Que yo sepa, nadie ha conmemorado el centenario de la muerte de Manuel Albareda Cantavilla, que falleció el 13 de febrero de 1915, a los 87 años de edad. Fundador de una fructífera saga de escultores aragoneses, Albareda se merece tal deferencia, que parece cuestión obligada en Caspe, su pueblo natal. Poco más de 12 años tenía cuando llegó a Mirambel, para adentrarse en el oficio de la mano de los Ferrer, imagineros de prestigio. En 1848 inicio su estancia de una década en Zaragoza, donde estudió en la Escuela de Bellas Artes y fue premiado por la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis.

Detalle puerta Casa Consistorial. Archivo gráfico ABC-ASD

Detalle puerta Casa Consistorial.
Archivo gráfico ABC-ASD

En esta época de su vida, podría ubicarse un episodio curioso que, hace más de 30 años, me refirió alguien que conoció al artista: “En cierta ocasión, Albareda Cantavilla concurrió a un certamen artístico que se celebraba en Madrid. Cada uno de los autores exhibía una obra. El caspolino presentó un simple mazo de carpintero, de unos 20 centímetros de madera. El jurado se regocijó a carcajada limpia de la ocurrencia. Manuel golpeó el suelo con el mazo y el este se hizo añicos”. Mi informante (Manuel Albareda Albiac, que ahora tendría 120 años) también me comentó lo que en ese preciso instante dijo el escultor: “La maza de este mazo tiene tantas piezas como días hay en el año. Se puede volver a reconstruir”. Y lo hizo.
Durante su prolongada estancia zaragozana, Albareda Cantavilla trabajó en el taller del académico Antonio José Palao, siendo ayudante y amigo del “gran maestro de la escultura zaragozana de la segunda mitad del siglo XIX” (W. Rincón). La colaboración entre los dos fue intensa. Piensen, por ejemplo, en la estatua de Ramón Pignatelli que preside su parque zaragozano, sin duda obra de Palao pero posiblemente modelada a su tamaño monumental por Albareda, para poder realizar la fundición en bronce, cosa que se hizo nada menos que en París; así lo considera Andrés Álvarez, que añade: “…además de ejecutar, por expreso deseo de su maestro, el pedestal en mármol”.
En 1858 Albareda regresa a Caspe, donde abrirá una academia de bellas artes y un taller en el que cinceló la muy estudiara decoración de los magníficos y enormes portalones de la casa consistorial, obra de un auténtico maestro.
Cuando murió, hace 100 años, la prensa lo lloró: “El cincel fue el encanto de su vida laboriosa”. El estudio en profundidad del artista es tarea pendiente. Heredó vocación y cualidades su hijo Jorge Albareda Cubeles, de quien también deberíamos habernos acordado el pasado 23 de abril, que es cuando se cumplió el 150 aniversario de su nacimiento.

Alberto Serrano Dolader
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