Secuencias soñadas de Nueva York

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Lo sabía. No me he podido resistir. Mi primer día en Nueva York y aquí estoy, como un japones cualquiera subido en un autobús turístico. No sé muy bien porqué, son de ese tipo de cosas que siempre he odiado, pero que, al no poder hacerlas normalmente, son un escape balsámico, una aventura terrorífica, excitante y terrorífica, como el montañero partiendo sin saber si va a volver. La presentación del guía me hace gracia, imagino que será un actor reciclado. El tipo nos hace una señal y coge el micrófono. Carraspea un poco, espera pacientemente, con una sonrisa en la boca, a que el grupo de jubilados nipones se callen. Retumba en mi oído una voz alegre, desafinada, aguda y aburrida a la vez, un guía desconcertado, una brújula sin imán, el autobús moviéndose entre los rascacielos como una de esas máquinas de bolas que había que guiar por un laberinto hasta un agujero típica de los años ochenta:

“Buenas tardes señoras y señores. Mi nombre es Miles y hoy voy a ser su guía. Sepan que hoy, debido a un cúmulo de casualidades que no vienen al caso, me he levantado un poco revelador, dispuesto a hacer cosas poco usuales en mi. Por eso aquí y ahora me he comprometido con ustedes a contarles la verdad de Nueva York. La verdad señoras y señores (y en esto peligra mi puesto, no bromeo) es que lo que más sorprende de Nueva York es… la falta de sorpresa. Da igual de dónde vengan, si de la China o de Jersey. Nueva York es universal y vayan al sitio que vayan de la ciudad, encontrarán rincones familiares. Repasemos todos juntos los emblemas de la ciudad: La estatua de la libertad, muy bien, Central Park, claro que sí, el madison, claro, el puente sobre el Hudson, Queens, el Moma y el Guggenheim, el Bronx, Manhattan, la sede de la ONU, Broadway, las canchas de baloncesto donde los negros vuelan, sí claro, el edificio Dakota, donde mataron a Lennon y rodaron “la semilla del diablo”, Rockefeller plaza”.

En este momento he dejado de escuchar, me he concentrado en el exterior del autobús, en la ciudad que sucede ante mis ojos, en aquellos que la construyeron y la han poblado y en todos los que alguna vez han soñado con ella y con su espíritu malherido. Y me he dado cuenta que Miles tiene razón. Que ya conozco esta ciudad mejor que ninguna otra, que la he recorrido millones de veces.

Entonces, como un torrente desbocado, irrumpe en mí una colección de pequeñas imágenes, como una sucesión de fotogramas de distintas épocas. Lo primero que me viene a la memoria, a pesar de este calor sofocante, es la navidad Neoyorquina, sí, la navidad siempre es especialmente opulenta en esta ciudad, y enseguida veo ante mis ojos los puentes metálicos de Brooklyn por donde los coches juegan al despiste, los bufetes de abogados del centro donde se dirimen nuestras vidas, los rascacielos de oficinas, infiernos pululantes de día y limbos diáfanos de noche, las salas judiciales de las series de televisión por cuyas cristaleras se puede dominar toda la ciudad, las casas victorianas de la clase pudiente con sus enormes cocinas que parecen no haber sido nunca estrenadas, oigo esa reveladora e inesperada conversación con un desconocido en el metro, me arriesgo a entrar en esa calle que echa humo y donde siempre te atracan, me siento en las lavanderías donde leer un buen libro o donde conocer gente interesante mientras tu ropa interior da vueltas y más vueltas, me acomodo en los cines de sesión continua, cobijo de ladrones y parejas soñadoras, desciendo frenéticamente las escaleras auxiliares de edificios por donde se escapa el malo, intento entrar sin éxito en el estudio 54, ya cerro, que pena , distingo una silueta de mujer en la ventana apurando un cigarro en posición de espera, siempre en posición de espera, observo desde la acera de enfrente a Woody Allen hablando de sexo o de Dios con cualquier parteneire (obvia), investigo uno a uno los jodidos apartamentos que apestan y donde viven los delincuentes comunes y los inmigrantes hacinados como en granjas humanas, Veo desde lo más alto del Empire Estate al tráfico convertirse en baldosas amarillas, en Nueva York todos se mueven en taxi, o en metro, las bocas de incendio de los barrios pobres abiertas en plena ola de calor, quien pillara una ahora mismo, alucino con los esqueletos de los rascacielos levantados por equilibristas con el alma perdida, descubro lo que es el sufrimiento en las escuelas pugilísticas donde se mastica el sudor y se pudren los sueños, me quedo mil veces antes con los Lofts desastrados y llenos de humedades de los artistas pobres que con los Lofts luminosos y minimalistas de los artistas ricos, evito las azoteas, lugares a vida o muerte, me asomo a las trastiendas, cuarteles generales en la penumbra, ceno en buena compañía en un restaurante italiano con los manteles a cuadros, espero en la concurrida esquina de la 42 donde quedan los enamorados en las citas a ciegas y desespero en los andenes de Central Station donde te abandonan mujeres crueles de novela negra, me tomo unos tragos en un garito de jazz de Harlem donde me estremezco con las notas siderales que salpican al público en sus implosiones de color y donde comprendo que el diferente soy yo, que en realidad estoy pálido de horror y de negación de todo lo que signifique vida, acabo en una de esas tristes comisarias que cumple con su triste oficio y me pudro en esa celda donde juro y perjuro que soy inocente. Todo esto y mucho más, que no sabré pues nunca viviré aquí para contarlo, es Nueva York.

Alejandro Giménez Robres

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