Así nos vio… José María Quadrado

La proximidad y la vista casi a que nos hallamos de Fraga os invitaría a cerrar el dilatado itinerario en el mismo punto por donde le abrimos, si otra villa, la más importante de Aragón, no nos obligara a retroceder unas pocas leguas, reclamando imperiosamente nuestra atención fatigada. Vence Caspe en riqueza y población a algunas ciudades aragonesas, con las más rivaliza, ni les cede fácilmente en ventajas de situación ni en históricos blasones: no es mucho que en nuestros días se le haya conferido el título de ciudad. Bosques frondosísimos de olivares cubren los valles de sus contornos; corre al levante de la población el crecido Guadalope, y sus benéficos caudales distribuidos en acequias convierten en jardín el suelo, hasta tropezar con el Ebro que sirve al tributario río de sepulcro y a la huerta de lindero majestuoso. clip_image001

 Los genealogistas de pueblos han adulado a Caspe atribuyendo a Tubal su origen y su población a una colonia de Caspios¸ mas no pueden señalar siquiera la ciudad que en la época romana ocupaba aquel abundoso país sobre los confines de los Eletanos e Ilergetes. Destruyóse por entonces la fuerte Fravia (sic) situada cuatro leguas más arriba a orillas del Ebro; los demás son vestigios de pueblos desconocidos casi borrados por la huella de las razas que sucedieron. En 1168, cuando los pendones victoriosos de Alfonso II ondearon sobre la agarena Caspe, era ya esta un lugar muy principal, cuya fuerza había tal vez retardado durante medio siglo el progreso de las armas aragonesas acantonadas en la vecina Alcañiz. Distinguiéronse en aquellas campañas por su esfuerzo los caballeros de Calatrava y del Hospital, y Caspe fue la recompensa otorgada a los últimos por el mismo soberano, quien la cedió en 1193 a su maestre Armengol de Aspa castellán de Amposta. En los siglos posteriores Caspe solo un recuerdo tiene vinculado a su nombre, pero un recuerdo que vale por muchos; el del tribunal de los nueve allí instalado en 1412 para terminar el interregno, y del grave fallo que decidió del señorío de una poderosa monarquía refluyendo sobre los destinos de la Europa.

Así también sobre el regular caserío de la villa que no encierra menos de diez mil almas distribuido en numerosas calles y plazas, y sobre sus modernas y lindas iglesias de San Agustín, Santo Domingo y Capuchinos, descuella un solo aunque respetable monumento, su antiquísima parroquia tendida al pié del castillo que fue residencia de los caballeros de San Juan. Bajo la jurisdicción de la orden mantúvose la iglesia hasta que en 1394 fue erigida en colegiata, y por el mismo tiempo el maestre Fr. Juan Fernández de Heredia fundó allí un convento de Sanjuanistas con las cuantiosas propiedades que en Caspe adquirió, llegando a formar como un solo edificio la  parroquia, el alcázar, el convento. Esta promiscuidad ha salido fatal a la primera, subyugada por su belicoso vecino, y acomodada a sus usos, y encadenada a su suerte en los trances de la guerra; en las recientes luchas civiles desapareció su elevada torre; y mientras la villa permanecía abierta al furor de unos y otros combatientes cuatro veces perdida y recobrada, y mientras en el aciago 17 de junio de 1837 huían los moradores de sus incendiados hogares, sirvió aquel edificio de fuerte reducto y seguro asilo que no engañó jamás la confianza de los refugiados. Con la paz cesó el templo de ser castillo y no ocurrió para él mejor destino que el de cárcel; y al visitarlo nosotros en 1844, el criminal estremecía con sus juramentos y cantares las bóvedas santas, y divertía sus malignos ocios picando las esculturas de tanto precio para el artista.

Mancilla era ver tapiados y ahogados entre dos tabiques los primores del portal gótico-bizantino, (sic) y el imponente efecto de sus arcos en degradación, y las severas efigies del apostolado que majestuosamente lo flanquean. Mancilla era ver rota y desfigurada la forma interior del templo que en su originalidad recuerda algo de primitivo, y que principiando por tres naves de graciosas ojivas se dilata más arriba en cinco, cobrando las bóvedas mayor elevación, y revelando las dos partes en su diferente estructura su respectiva fecha de últimos del siglo XII y principios del XVI. Mancilla era ver trocadas en calabozos las capillas, y profanado el sepulcro del sabio escritor y obispo Martín García, y mutilados los relieves que en torno de los muros de una de ellas representan la fúnebre y suntuosa procesión que en 1396 acompañó desde Aviñón el cadáver del maestre Fernández de Heredia, cuyos restos descansan en una tumba levantada en alto sobre cuatro columnas. La devastación y el desorden reinaban en aquel grandioso recinto tan inhumanamente degradado; y por cima de él asomaba el alcázar solitario con sus macizos muros y sus ventanas bordadas de arabescos, con sus salas desmanteladas y sus puertas adornadas de blasones, con el solemne recuerdo que perpetúa en una de sus estancias el bienaventurado nombre de San Vicente Ferrer. Viose allí el sublime espectáculo, cual nunca tal vez lo verán los siglos, de una nación tan adelantada y grande cuanto dividida y belicosa, que triunfando en las rivalidades, de provincia y de las parcialidades intestinas y de las ambiciones extrañas y de los embarazos mismos de la discusión, sin estrépito de armas, sin imprevisto golpe de estado, acrisolada trabajosamente de asamblea en asamblea, llegaba a concentrarse y reasumirse en nueve individuos, cuyo fallo debía a la vez imponer autoridad a las provincias, al reino, a los contendientes, a las naciones circunvecinas. Viose un trono puesto a tela de juicio, a poderosos príncipes trocados en litigantes, a los pueblos y partidos en expectación, y del seno de un consejo de sacerdotes y de letrados surgir una dinastía tan fuerte y respetada, como si la acompañase de la mano la victoria, como si tranquilamente se posesionase de una herencia no disputada ó como si ocultara su origen en la noche de los siglos. En nuestro camino hemos ido diseminando cien recuerdos enlazados a este hecho grandioso, las agitaciones de aquellos dos años de interregno, el asesinato del Arzobispo de Zaragoza, las sesiones tenidas en Calatayud y en Alcañiz; hemos recorrido los episodios del poema sangrientos y borrascosos, aunque no tanto como la ocasión prometía; contemplemos el desenlace incomparable por lo pacífico, verdaderamente heroico en la entereza de unos pocos y en la obediencia de los demás.

(…) Posteriormente volvieron a invadirlo (se refiere a la Colegiata) angustiosas alarmas y a ofenderlo mortíferos estragos, (…) pero la ruina del palacio ha ido siempre en aumento, y hoy día un almenado lienzo entre dos torres y una bocelada puerta de la sala de armas es casi todo cuanto resta del teatro del augusto congreso.

(Revisión y notas: Alejo Lorén Ros)


1. Quadrado, José Mª. Recuerdos y bellezas de España. Capítulo 4: Aragón. 1886.

2. Hay varias ediciones antiguas del libro, y esta trascripción está hecha consultando dos de ellas. En la de fecha más reciente es en la que ya se reseña que Caspe ha sido nombrada ciudad, cosa que no podía ser en la primera, al no serlo aun. Y por tanto cuando se refiere a ella ya no la llama siempre villa, como en la primera edición, si no que usa a veces la palabra población. He detectado también una diferencia en el uso de algún tiempo verbal entre una y otra edición. Es de señalar que la ortografía del original (la vigente en la época) difiere de la de la trascripción, que pretende seguir los usos modernos.

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