El fin del camino

Han pasado diez años desde que un grupo de jóvenes asumimos con entusiasmo juvenil la tarea de reflotar la Asociación de Amigos del Castillo y empezar a trabajar por la reconstrucción de tan ilustre edificio, sin descuidar otros muchos frentes que hemos ido abriendo sin casi margen al descanso. De los 90 socios iniciales pasamos pronto a frisar el medio millar, cogiendo el impulso necesario para sentirnos respaldados en nuestras demandas a la clase política de turno, así como para realizar un amplio programa de actividades culturales y de otra índole. Cientos, miles de horas invertidas a jornal gracioso, contentos de trabajar por nuestro pueblo, de acertar muchas veces y de errar otras tantas, como todo hijo de vecino.

Portada de La Bailía I

Número 1 de La Bailía

Los ecos del 2012 van quedando atrás y, con él, aquella lucha contra el reloj para llegar a tan importante cita con el castillo en condiciones mínimas. Se logró. Dicen que fueron esenciales las gestiones del Excmo. Ayuntamiento y las aportaciones económicas del Gobierno de Aragón. Dicen… ya es medio mentira. Para ellos las medallas. Todos sabemos que el factor decisivo fue el tesón y la rasmia de los ciudadanos, que obligaron a las autoridades políticas a tomarse el tema, por primera vez desde hace décadas, como algo más que una ocurrencia pasajera de unos ilustrados ociosos.

 Y conseguimos el castillo. Y ante su previsible destino, el de permanecer cerrado, como la práctica totalidad de los monumentos o museos caspolinos, decidimos dar un paso adelante y demostrar que nuestra lucha no estaba basada -o no únicamente- en una terquedad irreflexiva o en un romanticismo juvenil, sino en el convencimiento de que el uso y disfrute del castillo enriquecerían la vida cultural de nuestra ciudad y atraerían a un buen número de turistas. Esa razón, y no otra, fue la que nos llevó a firmar un convenio con el Ayuntamiento mediante el cual nos comprometíamos a garantizar su apertura todos los fines de semana y festivos. No fue una privatización del castillo, como esgrimió algún iluminado para rechazar la iniciativa, sino una manera lógica y barata de dar un servicio a toda la población y, además, generar ingresos en las arcas municipales. ¿Qué recibíamos a cambio? Cuatro paredes y un techo. Un local mondo y escueto en el que poder reunirnos sin tener que destinar la mitad de nuestro presupuesto anual a una sede.

Número 10 de LA BAILÍA

Número 10 de LA BAILÍA

Una década. Diez años. Es poco si lo comparamos con la inmensidad del Universo, pero es tiempo más que suficiente para exponer un proyecto, desarrollarlo y, una vez concluido, cuando la pereza y el cansancio son ya palpables, facilitar un lógico relevo que traiga nuevas caras y nuevos retos. Estos dos últimos años, a pesar de tener una Junta Directiva pírrica y debilitada por ausencias -explicables y entendibles, las más; extrañas y flagrantes, las menos-  y a pesar del notable cansancio que arrastrábamos del Sexto, hemos sido capaces de dar la talla y de demostrar, en un ejercicio de responsabilidad y compromiso, que la lucha por el Castillo merecía la pena.

Todo apunta a que este viernes, día 12, no se presentará una nueva candidatura para gestionar la Asociación. Empezará por tanto el irreversible camino hacia la disolución de la entidad. No habrá más Bailías, ni más Fantasmadas, ni siquiera más conferencias. En poco tiempo, todo será apenas un grato recuerdo. Quizá ya tocaba. Quizá son ciclos que hay que enterrar, si se quiere iniciar otros nuevos. La Tierra, indudablemente, seguirá girando. Pero uno no puede dejar se sentir tristeza.

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Alfredo Grañena Gavin

 

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